Las condenas que hoy se publican en la prensa, que califican el atentado de Túnez de cruel y cobarde, y que insisten en decir que al final vamos a ganar esta guerra, no tienen ningún valor, no son tan ciertas como parece, y no van a resolver un problema que ya es mundial y sistémico. Y el autobombo que hoy nos damos en Occidente, para señalar en que los bárbaros odian nuestra libertad y nuestra democracia, tampoco nos libra de las décadas de crueles errores y contradicciones que pesan sobre nuestras políticas internacionales. Por eso sería bueno que, en vez de malgastar tanta poesía, pactásemos un titular, común a todas las cabeceras, que bien podría ser este: «Si seguimos así estamos aviados».
El terrorismo que hoy nos azota aprovecha los aspectos de identificación y compactación que genera el islamismo. Pero sus causas -que tienen nombre de miseria, dictadura y horror- son estrictamente humanas. Y por eso nos equivocaremos de medio a medio si, en vez de hablar de desarrollo y libertades para todos, seguimos buscando a los fanáticos como si fuesen un virus que se puede erradicar. También es un error pensar que toda la barbarie que despliegan Al Qaida y el EI es una violencia ciega e inútil. Porque, lejos de carecer de efectos sobre nuestro modo de vivir, da la sensación de que han encontrado el punto más débil de Occidente, que es algo tan sencillo como meter en nuestras calles y ciudadanos el mismo desorden y la misma desesperación que ellos sufren.
El tipo de armas que usamos nosotros -tecnología de última generación- no es asequible para sus mesnadas. Pero el terror que siembran ellos -sangriento, indiscriminado y barato- tampoco es asequible para nuestros ejércitos, que se ven obligados a matar moscas a cañonazos. Y por eso, dado que estas guerras nunca se pueden ganar, solo tenemos dos alternativas: ir a una tercera guerra total y mundial, para reinstaurar sobre las tumbas el viejo imperialismo; o proceder a secar las fuentes del terrorismo mediante una política de cooperación sincera, sin negarnos a repartir con nuestros vecinos el inmenso pastel de riqueza y bienestar que consumimos a diario.
Pero a las fuerzas que pagamos para que aseguren el paraíso occidental les da lo mismo controlar el orden que generalizar el desorden. Y por eso, a la vista de que el caos sale más barato, debemos prepararnos para una guerra difusa, cruel e interminable. Una tercera conflagración, no declarada, que nadie parece querer evitar, aunque esta vez no tendrá en Europa sus frentes de batalla. Solo eso -que puede ser una guerra lejana- nos va a separar de lo que sucedió hace setenta o cien años, cuando algunos europeos desempeñaron el papel de matarifes -racistas, totalitarios y enloquecidos- que hoy representan -¡pobres aficionados!- los yihadistas. Así de cierto. Así de crudo.