Del «caso Dreyfus» al «caso Zaida»

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

El 13 de enero de 1898, Émile Zola levantó su dedo índice para denunciar la conspiración de la cúpula militar que arrojó al capitán Alfred Dreyfus a la prisión perpetua y a su destierro en la Isla del Diablo. El «Yo acuso» del eminente escritor, 4.500 palabras dirigidas al presidente de la República y publicadas en la portada del periódico L?Aurore, conmocionaron la Francia finisecular. Ayer mismo, 117 años después, el ministro español de Defensa levantó su dedo índice y se lo llevó a los labios: el gesto delata su propósito de silenciar el calvario padecido por la capitana Zaida Cantera desde que un teniente coronel fue condenado por acosarla sexualmente. Zola dejó claro el motivo de su acusación: «Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice». Morenés, en su afán de escurrir el bulto, también dijo -sin decirla- su sinrazón: mi deber es callar. Y eso, señor ministro, lo convierte en cómplice.

El caso Dreyfus y el caso Zaida presentan notables paralelismos. El viacrucis de Dreyfus, condenado por alta traición y rehabilitado años después, comenzó por ser judío. El viacrucis de Zaida, archivada su impecable hoja de servicios, truncada su carrera y pisoteada su dignidad, comenzó por ser mujer. Ambos fueron víctimas de estructuras militares endogámicas y código ad hoc, que anteponen el compañerismo mal entendido, la cadena de mando sin fisuras y la disciplina férrea a cualquier principio ético o moral universalmente reconocido.

No soy ácrata y por eso entiendo el valor de la jerarquía, ya sea en el colegio, en el club, en la empresa o en el Ejército, pero los derechos humanos constituyen la línea roja que el ordeno y mando jamás puede rebasar. El caso de Zaida revela que se ha vulnerado su derecho a la integridad personal, pero también la utilización del código castrense como tapadera de abusos nunca denunciados, las estrellas de la bocamanga como garantía de impunidad y el corporativismo estamental como un juez invertido que castiga a la víctima y defiende al culpable.

Lo que más repugna del caso no es que el teniente coronel Lezcano-Mújica acosara reiteradamente a su subordinada Zaida Cantera. El militar cometió un delito y el tribunal lo condenó. La parte más espeluznante de la historia vino después. La protagonizada por un grupo de oficiales, jefes y generales que dieron la espalda a la víctima, arrojaron a la papelera sus quejas, les sobrevino un ataque de amnesia ante el tribunal y tramaron una falsa imputación de deslealtad contra la capitán Cantera. Y el epílogo lo escribe el ministro Pedro Morenés, quien, tras rubricar el ascenso del acosador sexual y de varios presuntos acosadores laborales de apellido ilustre, levanta su dedo índice para exigirnos silencio.

Me niego, señor ministro, a obedecerle en esta cuestión. Conmigo no cuente. Con toda la humildad de un periodista que seguramente desconoce las altas razones de Estado, yo lo acuso de complicidad en los abusos sufridos por Zaida Cantera. Y por las demás Zaidas de nuestras Fuerzas Armadas.