El mundo celebra hoy el Día Internacional de la Mujer con la misma convicción protectora que destilan las reservas indias. Su sola existencia tiene mucho de fracaso, porque la fiesta sirve sobre todo para aliviar las malas conciencias responsables de que la mitad de la población del planeta sufra una penalización de género. La testosterona debería cotizar en bolsa. Sería muy práctico tener un índice nacional de normalización femenina, un indicador de esa realidad que penaliza salarialmente a las mujeres o que permite que una grada de oligofrénicos insulten a una señora por denunciar una agresión machista. Cuando un tipo quiere vejar a una mujer la llama puta, lo que demuestra que hay muchos individuos a los que solo se les conmueve la entrepierna.
Casi todas las mujeres que conozco están orgullosas de serlo. La historia de las discriminaciones femeninas ha desatado una especie de orgullo colectivo que solo brota cuando se siente en la nuca el aliento atosigante de la injusticia. Pero esa dignidad no parece suficiente. Muchísimas de nosotras llegamos a este 8 de marzo con problemas de autoestima y la confianza diezmada. Esa preocupante necesidad de deformarse con la que reinas y actrices, ejecutivas y amas de casa tratan de agradar al mundo indica que hay demasiadas mujeres que no se gustan a sí mismas. La gran misión de estos tiempos es superar investigaciones como la de la OCDE de esta semana, que constata la ventaja formativa de las chicas pero también sus problemas de determinación. Aspiremos a un mundo en el que el 8 de marzo solo sea el día que va después del 7.