Una democracia en la Torre de Babel

OPINIÓN

26 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

En un año electoral, en el que van a celebrarse cuatro importantes procesos electorales -Andalucía, municipales, 13 autonómicas, 2 ciudades autónomas, Cataluña, y generales-, con el escenario abonado para la demagogia, y con un elenco de 14 portavoces con derecho a discurso y descalificación, el debate del estado de la nación se ha convertido en una Torre de Babel en la que todo es jaleo y nada parece razonable. De los citados 14 portavoces solo uno (el PP, con 185 diputados) tiene posibilidades y responsabilidades de gobierno. Solo otro (el PSOE, 110 diputados), tiene nostalgia e historia de poder. Los doce restantes, que representan a una media de 4,6 diputados, constituyen un minifundio en constante ebullición, que se mueven mucho mejor en el localismo o en el puro chismorreo que en la política de Estado. Y los únicos dos grupos a los que se les otorgan ciertas posibilidades de cambio (Podemos y Ciudadanos) no estaban en el debate, o solo estaba su sombra, que es incluso peor.

Por eso no debe extrañar que la ciudadanía perciba una sensación de confusión y catástrofe, nada elaborada, que solo sirve para añadir pesimismo a unos votantes que, además de haber sufrido una grave y larga crisis, tuvieron la desgracia de recibir sobre ella una deleznable información, ya que lo único que hicieron los partidos, viejos y nuevos, fue usar la indignación como faca de pelea, o para crear artificiosas oportunidades para la eclosión de unos y el colapso de otros. Por eso cabe pensar que, si toda la legislatura se desarrolló en la penumbra política, este primer acto de campaña que fue el debate solo podía servir para que los pescadores revolviesen el río antes de salir a pescar.

Aunque lo que voy a decir les cause pasmo, lo único que demostró el debate es que España no tiene un diagnóstico consensuado sobre la crisis. Que la mayoría de los políticos hablan de ella como si fuese un meteorito que llegó desde la estratosfera, sin que nada tuviésemos que ver en su trayectoria ni nada pudiésemos hacer para evitar su catastrófico impacto. Que la práctica totalidad de los portavoces explican la legislatura desde una perspectiva absolutamente maniquea, donde, sobre un tablero que se reputa como neutro, en el que ni siquiera los socialistas tienen nada que asumir, todo depende de una lucha estúpida entre malos y buenos.

Y aquí están las conclusiones: los malos gobiernan mal porque les gusta hacer sufrir a la gente; los ciudadanos votan a los malos porque son tontos o masoquistas; los buenos, que, además de saberlo todo, tienen una novia guapa y un caballo veloz, no pueden salvar a los pobres porque los pobres no los votan. Así que la única salida que se nos propone es volver al paraíso terrenal, donde hay ríos de leche y miel, y donde, salvo comer manzanas, todo sale gratis. ¡Alucinante!