El «remate» del estado de la nación

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

25 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Nada nuevo bajo el sol, es decir, bajo los focos del Congreso. Ayer asistimos a otro duelo entre el Gobierno y el primer partido de la oposición que, en esencia, apenas ha diferido de los celebrados previamente: el Gobierno afirma que las cosas van bien o van mejor; y la oposición sostiene todo lo contrario. Así ha ocurrido cuando, como ahora, gobernaba el PP y el PSOE hacía oposición; e igual durante el período, más largo, en que esos papeles estuvieron invertidos.

Y es que, desde que González importó de EE.UU. el debate sobre el estado de la Unión, la relación entre las dos fuerzas que han ocupado en torno al 85 % de los escaños del Congreso se han desarrollado de la peor manera imaginable: en economía, discutiendo no ya, como es normal, sobre políticas, sino sobre la realidad de los datos, de forma que quien gobierna afirma que son unos y quien se opone, que son otros, lo que hace todo diálogo imposible; en materia de corrupción, practicando la devastadora acusación del «y tú más»; y en las grandes políticas de Estado demostrando una irresponsable incapacidad para llegar a acuerdos que eviten que la sana -e indispensable- alternancia democrática se convierta, como ha ocurrido, en un movimiento legislativo pendular, por virtud del cual cada mayoría se pone a la tarea de deshacer lo que ha hecho la anterior.

Esa forma disparatada de enfocar el debate sobre el estado de la nación explica, desde luego, que, a pesar de ser emitido por TVE, una mayoría de españoles no le haya prestado jamás ni la más mínima atención.

Pero, más allá de ello, el tipo de debate perverso practicado por los dos grandes partidos ha venido a constituir al fin la mejor muestra de una forma de hacer política que acabaría por colocar al PSOE y al PP en la situación en que hoy se encuentran: sitiados, en el castillo que en conjunto han controlado, por dos fuerzas (Ciudadanos y Podemos) que podrían poner fin al sistema de partidos que nació con la transición, si, como indican las encuestas, logran adueñarse de una parte muy importante de esa fortaleza hasta la fecha inexpugnable.

Por eso, el de ayer podría ser el «remate» del estado de la nación, lo que es mucho más que un mero juego de palabras. El remate, sí, porque tras las próximas generales podríamos encontrarnos con un nuevo sistema de partidos que, además de otros problemas, haga sencillamente imposible la que hasta ahora ha sido la base fundamental del gran avance que España ha experimentado en los 35 últimos años: la estabilidad política que ha garantizado la gobernabilidad. Si la perdiésemos, no tardaríamos en echarla de menos, incluida una parte de quienes pudieran haber contribuido a derruirla. Aunque quizá entonces será ya demasiado tarde para todos. Pues resulta fácil convertir una pecera en sopa de pescado; hacer lo contrario es imposible.