Con azúcar está peor


L a proposición de ley que ha presentado el grupo parlamentario del PP para reformar la ley sobre el aborto es la conclusión de la rocambolesca peripecia sobre un asunto que afecta a concepciones antropológicas profundas. La gran novedad de la ley, respecto de la aprobada con Felipe González, consistió en reconocer a las mujeres la libertad de interrumpir el embarazo en las primeras catorce semanas. No importa que en la Constitución no conste el derecho a abortar, derecho que no admitió el complaciente informe del Consejo de Estado y que, en cambio, exista expresamente el derecho fundamental a la vida, que ampara al ser humano que la inicia, como quedó claro en el debate constituyente. Pero no se trata de volver sobre el tema, sino del rumbo seguido por el PP. El Gobierno ha explicado el incumplimiento de su programa electoral en materia económica aludiendo a la herencia recibida. En líneas generales es aceptable. La mayoría absoluta otorgada por los ciudadanos a Rajoy, a cuyo favor razoné en este mismo espacio, tiene mucho que ver con el rechazo a Zapatero. No entraré en qué medida también se incluía en ese rechazo la ley sobre el aborto.

En este asunto no parece, en cambio, que el Gobierno apele a la pésima herencia. El rechazo se manifestó cuando el PP era oposición, concretado en un amplio recurso ante el Tribunal Constitucional, que se dirigía contra lo esencial de la ley. Ya en el Gobierno, después de mensajes contradictorios que no es del caso enumerar, se llegó a un anteproyecto que suponía abandonar el derecho a abortar, que fue retirado. No sé ni me importa cuánto hubo de lucha interna, que termina con la dimisión de Gallardón, y la incómoda posición en que dejó a Rajoy. La explicación que se da es que no había consenso. Por supuesto, en el Gobierno; no hay que darle más vueltas. Según el gurú sociológico, mantener lo prometido suponía perder votos. No recordaré explicaciones públicas que coincidían con las sustentadas por los defensores de la ley vigente.

Las encuestas del CIS vienen mostrando, sin embargo, que la disminución de intención de voto se registra de un modo significativo entre electores cuyo descontento tiene que ver con la decisión de no cumplir con lo prometido en ese asunto de calado extraeconómico. Hay que recuperarlos, es el nuevo objetivo. Explica la citada iniciativa parlamentaria. Así, no podrá acusarse al PP de no cumplir lo prometido. Una justificación endeble, por no decir farisaica. Que las menores de edad necesiten el consentimiento expreso de sus representantes legales para la interrupción voluntaria del embarazo, no supone modificación sustancial y apenas es real. Deja en pie la ley de Zapatero. Hay identidad en lo esencial, por convicción o por táctica; es dato incontestable.

Por eso, es pobre argumento advertir que Ciudadanos es partidario del aborto para mantener a esos votantes del PP. La pírrica reforma no es para sacar pecho. Mejor no intentar justificar lo actuado. Con azúcar está peor.

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