El descalabro del PSOE y la eficiencia


A Fernando González Laxe, socialista, expresidente de la Xunta de Galicia y catedrático de Economía Aplicada, no le gusta el sistema de primarias. Lo dejó claro a preguntas de Fernanda Tabarés, en una entrevista en V Televisión. Y lo hizo con sorprendente concisión, utilizando un concepto fundamental de la teoría económica, en solo tres palabras: «No son eficientes». Es decir, las primarias no facilitan el aprovechamiento óptimo de los recursos disponibles para conseguir un determinado fin.

El guirigay montado por el PSOE en Madrid viene a confirmar la sentencia de Laxe. A Pedro Sánchez, elegido en primarias secretario general, muchos de sus compañeros le niegan, empezando por el expresidente Zapatero, capacidad para reconducir el rumbo suicida del partido. Las críticas o el ninguneo del líder suponen, implícitamente, una descalificación del sistema de elección. El propio Pedro Sánchez, con su decisión de fulminar a Tomás Gómez, le ha clavado un rejón de muerte al modelo que lo aupó a la secretaría: me paso las primarias por el forro, porque el candidato elegido por los militantes madrileños nos conduciría al desastre electoral. Todos, tirios y troyanos, presumen que Ángel Gabilondo obtendría mejores resultados en Madrid, pero no será candidato a través de primarias: el exministro ni siquiera tiene carné del PSOE. Si Pedro Sánchez no resulta ser el líder idóneo, si Tomás Gómez llevaba al partido a la ruina y si Ángel Gabilondo solo puede ser nombrado a dedo, la conclusión cae de cajón: las primarias no son eficientes.

Llegados a este punto, cedo la palabra a mi objetor habitual: Bien, de acuerdo, no son eficientes, pero no me negarás que sí más democráticas que la designación digital o mediante componendas entre baronías.

A Emilio Pérez Touriño, socialista, expresidente de la Xunta de Galicia y también economista, no le agrada la deriva de los partidos políticos. En uno de sus últimos libros, los caracteriza como «organizacións pechadas, endogámicas, estruturadas por relacións clientelares, onde as batallas internas se producen sobre todo pola repartición do poder». Si la descripción se aproxima a la realidad, la falta de eficiencia reside en los partidos. En vez de instrumentos para transformar la sociedad, de acuerdo con determinados principios, ideas y criterios éticos, se han convertido paulatinamente en máquinas para conquistar el poder y repartir prebendas entre los fieles de la cofradía.

Solo así se entiende que una fuerza política opte por sustituir el debate de ideas por el cainismo y la zancadilla, triture dirigentes como zorza o los condene al ostracismo -Laxe y Touriño constituyen dos buenos ejemplos-, otorgue a los mediocres la custodia de la ortodoxia y las siglas, y convierta las primarias en el súmmum de la democracia, aunque solo mientras el resultado agrade al aparato. Cuando no... ¿se acuerdan ustedes de Josep Borrell, ganador de primarias pero nunca candidato?

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