Basta ver los sondeos sobre intención de voto que se publican en España mensualmente para llegar a una inapelable conclusión: que, si no cambian mucho las cosas, en todas las elecciones que nos esperan (andaluzas, municipales y autonómicas, catalanas y generales) los electores no lograremos decidir quién va a gobernar en cada sitio. Me explico.
Los sondeos indican una gran caída del PP, que perdería gran parte de sus gobiernos regionales y locales y puede que incluso, dependiendo de la envergadura de su descenso, el Ejecutivo nacional. Y es que, al carecer de socios potenciales, el PP está obligado casi siempre a obtener la mayoría absoluta si quiere gobernar.
Ello le plantea un grave problema a los populares, pero también a los demás partidos, en la medida en que, según todas las encuestas, ni uno solo estaría en condiciones de gobernar en solitario. Es mas, la creciente atomización de la izquierda obligará previsiblemente a las fuerzas que compiten en ese espacio electoral a realizar pactos muy amplios para configurar mayorías de gobierno.
Y es aquí, claro, donde se sitúa el problema para los electores españoles, pues, de no aclarar los partidos su política de pactos, los votantes acabarán obligados a entregar con su voto un cheque en blanco, sin saber, por ejemplo, y por referirme a lo más fundamental, si el PSOE y Podemos, que hoy se ponen a parir, acabarán pactando entre ellos y, además, con quien sea en cada caso necesario, para hacerse con los gobiernos que se le escapen al PP, aunque este tenga mayoría relativa.
Sucede, claro, que cuando un periodista le pregunta a un líder del PSOE o de Podemos cómo piensan gobernar con un veintitantos por ciento de los votos, sus respuestas son siempre un cuento chino. Pedro Sánchez se sale por la tangente con eso de que «lo importante no es el quién sino el para qué» (cuando todo el mundo sabe que el quién condiciona totalmente el para qué), Susana Díaz proclama que ella solo pactará con «la gente» (esa que está en sus casas y nada puede hacer) y Podemos mezcla la nadería de que aspira a gobernar sin la casta, en solitario (¡valiente cosa!), con la chulería de que tendrá mayoría para ello (lo que no avala ni una encuesta).
Entre 1973 y 1987 se publicó en España una revista de humor desternillante e irreverente, El Papus, en la que la personificación gráfica del político (¡inolvidable señor Criadillas!) no contestaba jamás a los periodistas, tras afirmar aquello de «hombre, malegra que maya hecho esa pregunta».
Aquí, Podemos y el PSOE andan en lo mismo, mientras en secreto van quizá fraguando lo que podría acabar siendo un monumental fraude democrático y un gran engaño electoral: el consistente en tenernos un año entero de campaña sin aclarar jamás cómo planean gobernar con los votos que se les entregarán.