Pedro Sánchez es un líder de cartón piedra, creado de la nada, y convertido en secretario general de un avispero revuelto en el que todas las avispas están programadas para picar donde más duele. Por eso no es posible saber si este hombre tan guapo y narcisista, que inició su carrera con una monumental confusión entre la forma y el fondo, tenía madera de líder. Porque, aunque todo apunta a que no la tenía, es evidente que fue elegido de forma prematura para una misión imposible -ganar unas elecciones con un partido organizativamente caótico, estratégicamente desubicado, e ideológicamente desnortado-, cuya carga haría naufragar a Lorenzo de Medici, Manuel Azaña o al mismísimo Churchill.
La primera confusión que anida en el PSOE de hoy es creer que para ser un líder político basta con estar sentado en una determinada silla, aunque a esa silla se llegue por un procedimiento tan formalista y tan fácil de condicionar como unas elecciones primarias. Porque el que no es líder antes de ser elegido tampoco lo va a ser después, y porque, aunque es cierto que un elegido puede gobernar el partido con donaire -como hizo Zapatero-, también es verdad que los políticos nos parecemos mucho a las monas, que, aunque nos vistan de seda, el que mona era, mona se queda.
El segundo problema es que el PSOE sufre una profunda confusión entre las formas de decisión y legitimación democrática -hablamos de las primarias y de su disgregadora concepción orgánica- y lo que es una sólida oferta política y programática que les permita comunicarse y entenderse con la gente. Por eso ignoran que en este momento nadie les pide que hagan más primarias, ni pongan gente más joven, sino que respondan a las preguntas que le hacemos sobre cuestiones básicas -la consolidación fiscal, el soberanismo catalán, la lucha contra el desempleo, sus posibles coaliciones o el crecimiento insostenible del Estado de bienestar- diciendo sí o no como Cristo nos enseña.
El tercer problema es la aceleración política de todos los procesos internos, que, surgida de una compulsiva necesidad de recuperar el poder, le impide hacer serena reflexión sobre las causas de sus derrotas, evitar que todas las elecciones sean cruciales para su futuro, obligar a sus líderes a completar su currículo en menos de un año, y responder en serio -con realismo económico, estratégico y político- a los grandes retos de España y Europa. Porque por esta vía no solo van a tener que asumir sus errores, sino también de los de Renzi, Hollande y Tsipras. La encuesta del CIS -con el PSOE de tercero y bajando- demuestra lo que sabe Fernando Alonso desde hace cinco años: que un buen coche no puede ganar sin buen piloto, y que un buen piloto no sirve de nada con un coche malo. Así que de competir con un mal bólido y un pésimo piloto no vale la pena ni hablar.