Podemos acierta -no es difícil- en gran parte de su diagnóstico de la situación actual, aunque en ocasiones sus trazos sean excesivamente gruesos. Tienen razón al asegurar, en su documento de principios políticos, que «hemos abierto una grieta que hoy ha acelerado el tiempo político español».
Han despertado una gran expectativa de cambio, cuya última muestra fue la multitudinaria manifestación del domingo y están organizando a ritmo rápido un partido con elevadas dosis de democracia interna.
Pero están demostrando tener prisa, convencidos de que este es el momento: «El mero paso del tiempo podría jugar a favor de lo que existe, desgastándonos», afirman en el mismo documento. Esa urgencia les ha llevado a centrar gran parte de sus esfuerzos en «construir en primer lugar una máquina política, discursiva y electoral».
A esa prioridad parecen encomendarse cuando hablan de transversalidad, plantean su pretensión de no «ubicarse en la izquierda del tablero, sino ocupar la centralidad», y se resisten a explicitar sus principios, a concretar sus propuestas y a responder con claridad a las acusaciones sobre la conducta de algunos de sus líderes.
Ya es hora de que lo hagan. Lo saben, porque en el documento repetidamente citado afirman también: «Nuestro reto es estar a la altura de la inmensa ola de expectativas y esperanzas que hemos generado». Si saben esto, también sabrán que ese reto exige un programa claro.
Si no lo hacen pronto, la ilusión generada acabará convirtiéndose en decepción y desencanto. Y de eso tenemos tanto que una dosis más puede tener consecuencias imprevisibles.