Hay mucha tela que cortar en las elecciones generales, que algunas encuestas ya anuncian como el nacimiento del cuatripartidismo en España. Primero vendrán las municipales y las autonómicas, cuya lectura como generales se me antoja que será escasa, a pesar de que el gremio de ufólogos políticos está tan extendido como el de seleccionadores nacionales de fútbol. Lo del final de año será de una trascendencia que todavía no hemos ni calculado. Pero conviene recordar que unas generales en España son básicamente unas provinciales. Hay 52 provincias y 52 circunscripciones que se reparten los 350 diputados del Congreso. Y, cómo no, volverá a ser una estrella el jurista belga Víctor D?Hondt, que da nombre a la ley por la que funcionamos. Como otros países cercanos, Francia o Bélgica, o más lejanos, como Finlandia o Japón. Una provincia, una batalla. De ahí Podemos con sus círculos. Ceuta y Melilla, un solo diputado cada una. Y después un mínimo de dos (Soria) hasta los 36 de Madrid o los 31 de Barcelona. Primer dato, los partidos que no lleguen en cada provincia al tres por ciento, fuera. Y después los famosos cocientes del jurista belga. ¿Hay cabreados suficientes en Guadalajara (tres escaños) para que Podemos se lleve el primer diputado (sea la fuerza más votada en esa provincia) y para que todavía le queden votos para llevarse el tercero? Puede ser, nunca mejor dicho. Segundo dato del que dependemos, menos población, más representación. Números apuntados al vuelo del censo del 2008 en Barcelona: con cuatro millones de votantes, un escaño valía 129.000 votos. En Guadalajara, con 179.000 votantes, solo 25.000. La lucha, está claro, es provincial. Nos jugamos el 2015 con una división provincial que nació en 1833 y que ideó Javier de Burgos.