Cuando el sufrimiento de la gente supera el punto crítico que separa la resignación de la indignación, la olla revienta. Y el ciudadano, con razón o sin ella, castiga al Gobierno de turno y busca una alternativa. Si la encuentra dentro del sistema, miel sobre hojuelas: bofetada a Zapatero y entronización de Rajoy, Sarkozy a la calle y Hollande al poder. Pero si no la encuentra dentro del tradicional bipartidismo, porque ya ha comprobado que las dos recetas son clónicas y sus efectos igualmente perniciosos, deposita su esperanza en los aledaños del establishment: Syriza arrasa en Grecia y el Pasok se despeña en la insignificancia.
La socialdemocracia no murió en Grecia el pasado domingo. El cadáver que se vela, en todo caso, pertenece al Pasok. El partido, cuya hoja de servicios presenta méritos indiscutibles como la creación del sistema griego de salud, al lado de zonas gangrenadas por la corrupción, inició su agonía en mayo del 2010, al aceptar sin rechistar las imposiciones de Berlín. Exactamente al mismo tiempo que un lloroso Rodríguez Zapatero, en vez de convocar a las urnas, asumía el discurso neoliberal, lo bendecía en la Constitución e inauguraba el particular viacrucis del PSOE. Como resultado, el Pasok acabó sus días como apéndice de la derecha griega y Pedro Sánchez va a necesitar Dios y ayuda -y menos zancadillas internas- para eludir el mismo destino.
Confundir el epitafio del Pasok con la esquela mortuoria de la socialdemocracia equivale a confundir los partidos políticos con las ideologías que representan y las políticas económicas que propugnan. Leo y releo el programa de Syriza y no veo la revolución bolivariana en parte alguna: subida del salario mínimo de 580 a 751 euros, exención de impuestos a quienes ganen menos de 12.000 euros al año, electricidad y alimentos básicos para los 300.000 hogares más necesitados... ¡Ah!, y la reestructuración de la deuda griega, la gran herejía seguramente plagiada del periódico marxista Financial Times. Solo un programa moderado que, con no pocos matices, puede ser suscrito por cualquier socialdemócrata.
¿Quién teme, pues, a Virginia Woolf? Los mercados parece que no. Las bolsas europeas ni se inmutaron, salvo la griega: también la Bolsa de Madrid saludó la histórica victoria del PSOE en 1982 con una caída del 18,1 %. El nerviosismo cunde, por el contrario, en los países acreedores: Syriza encarna el fracaso de la austeridad y quizá el prólogo de un viraje de la política económica. Por eso mismo se perciben sonrisas de satisfacción en los países del sur. Antonio Costa, el líder del Partido Socialista de Portugal, no la oculta: «Es la señal del cambio en Europa». En París tampoco desagrada que el David griego plante cara al Goliat alemán. Y aún más contundente, un portavoz del Gobierno italiano proclama: «En Italia, Tsipras se llama Renzi».
La excepción en las bancadas del sur la introduce España. PP y PSOE, a la defensiva, solo balbucean que «Grecia no es España». Lo del PP aún tiene explicación: se mueve en las antípodas de Syriza. Pero lo del PSOE no lo entiendo: se escora a la derecha y cede todo el campo a Podemos. ¿Se imaginan al líder socialista diciendo que, «en España, Tsipras se llama Pedro Sánchez»? ¿Por que no copia de su admirado Matteo Renzi?