Crónica del poderoso menguante


Quién le ha visto y quién le ve, señor Pujol. Antaño, cuando lo de Banca Catalana, asomado a aquel balcón con su arenga patriótica: «El Gobierno central ha hecho una jugada indigna», decía, y el público le vitoreaba como a una víctima del centralismo perseguidor. Después, durante 23 años, fue el personaje intocable a quien el rey tranquilizó con su «tranquil, Jordi, tranquil», que quedó como una de las frases de cierre de la tejerada. Y durante unos años más fue el referente moral del nacionalismo, el espíritu del fundador, la palabra solemne que había que respetar.

Hice estas reflexiones ayer, cuando lo vi salir de su casa entre periodistas que habían dejado de tratarle como «honorable» y le llamaban simplemente «Jordi». Y después entraba con su esposa en los juzgados y había coches que hacían sonar sus bocinas y alguien le tiró billetes falsos de quinientos euros con su imagen y había pancartas ofensivas y se escucharon insultos hacia su persona. Y Jordi y Marta, Marta y Jordi, avanzaban por el pasillo de periodistas y curiosos, serios y silenciosos, sin decirse una palabra, sin mirar a los lados. Se notaba que se habían conjurado: «Dignidad, ante todo mucha dignidad», como quizá se decían los herejes camino del patíbulo.

Era la imagen del castigo social. El hombre que puso las bases del Estado catalán no tenía a su lado a ningún nacionalista que lo defendiera. La mujer que pasó por ser la más poderosa de Cataluña, astuta y ambiciosa, símbolo del matriarcado, retrato del poder en la sombra e incluso responsable de la designación del sucesor de su marido, le acompañaba, pero también como imputada. De constructores de legalidad, a sospechosos de fraude fiscal y blanqueo de dinero. De mitos de la nación que tanto habían contribuido a refundar, a ciudadanos marginales, justiciables, cabezas de una familia cuyos miembros andan todos escritos en las coplas de la corrupción.

Confieso que ignoro lo que el señor Pujol, Jordi para los periodistas, le ha confesado al juez. Ignoro si fue capaz de demostrar el milagro de los panes y los peces, convirtiendo 630.000 euros de su herencia en cuatro millones o más al cabo de treinta años. Me cuesta creer esas cantidades que se publican y que hablan de un patrimonio milmillonario. Pero digo una cosa: si el jefe del clan aseguró ante el Parlamento que no cobró ni un euro fuera de su sueldo; si su hijo Oleguer confesaba ayer que solo fue agente de una fabulosa operación inmobiliaria con una inversión razonable; si su otro hijo Oriol hizo gestiones ante el poder a favor de empresarios, pero sin ánimo de lucro; ¿por qué no se desnudan de una vez? ¿Por qué no le cuentan todo al juez? Me temo que les queda mucha pena de paseíllo.

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Crónica del poderoso menguante