El que no distingue se equivoca


Yo no digo que las religiones no pueden ser criticadas. Ni que la libertad de prensa no se extienda hasta un derecho de ofensa y sarcasmo que no infrinja la ley o que, infringiéndola, sea tolerado por los gurús del pensamiento correcto. Lo que digo es que Charlie Hebdo es una revista chabacana, poco inteligente y bastante maleducada, y que sus cutres portadas en modo alguno deben representar los valores de Occidente ni el respeto con el que todos defendemos libertad y nuestra convivencia. Y que si todos seguimos siendo Charlie es mejor que el futuro -aunque la frase sea trascendente- nos coja confesados.

Yo no digo que Podemos sea una propuesta antidemocrática o peligrosa. Ni que la casuística de pequeños errores con los que algunos quieren cazar a sus líderes sea justa y moralmente comparable con los latrocinios organizados que financiaron a los grandes y medianos partidos del sistema o a los artífices de las tramas de saqueo o de abuso de poder que favorecieron la realización de grandes negocios a la sombra de lo público. Lo que digo es que su propuesta electoral me despierta el fantasma de un desorden económico más grave que el que acabamos de abandonar, que nos aísla del contexto en el que se mueven los europeos más aplicados y aventajados, y que, dado que tengo derecho a escoger, me preocuparé mucho más de saber quién puede llevar el barco a buen puerto, que de buscar una cuadrilla de limpieza que friegue concienzudamente en la cocina y barra meticulosamente debajo de las camas y detrás de los armarios. Todos tenemos derecho a votar libremente, es cierto. Pero mi orden de prioridades apunta cada vez más hacia un buen capitán de barco que mantenga la seguridad y la singladura.

Yo no digo que el papa no sea infalible en cuestiones de fe y de moral, ni que se haya equivocada en nada sustancial de cuanto dijo sobre los problemas y las injusticias de este mundo y sobre las nuevas perspectivas que debe adoptar la Iglesia para incardinarse en las sociedades modernas. Lo que digo es que si sigue hablando con la libertad y la gracia de un buen párroco de aldea, tratando de ser directo y comprensivo con todos, olvidaré que es infalible, que tiene la legitimidad y la autoridad del más alto magisterio entre sus fieles, y lo asimilaré a un buen tertuliano. Y, en vez de seguirlo en sus peroratas, volveré a leer a Ratzinger.

Yo no digo que convertir el debate político y social en una caldeirada de pescado, en la que todo se sirve revuelto y con cebolla para que la lubina sepa igual que la palometa, sea una opción prohibida. Solo digo que por ese camino no se progresa, sino que se regresa, y que la inteligencia y la ciencia solo crecen distinguiendo. Por eso tampoco diré que el día de hoy sea adecuado para matices y distingos. Solo digo que, en montón, nos vamos a equivocar.

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