La española cuando besa...

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

17 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Es que besa de verdad, asegura la copla popular que traspasó las líneas rojas del siglo que comenzó hace quince años y sigue programándose en el repertorio musical de las radios y en las actuaciones de las orquestas en el circuito tradicional de lo que se dio en llamar fiestas patronales.

¿Y a qué viene esto? Pues a que quieren desterrar el piropo por machista por «invadir la intimidad de la mujer», según ha declarado a la radio pública Ángeles Carmona, presidenta del Observatorio contra la violencia de género del consejo del Poder Judicial.

Y yo, que últimamente procuro ser políticamente correcto, acudí al diccionario de la Academia buscando el auxilio léxico de la voz piropo, dándome de frente con la definición de «lisonja o requiebro», y llegando a requiebro el diccionario se despacha con: «lisonjear a una mujer alabando sus atractivos». Y hasta aquí, todo canónico.

Nunca he subido a un andamio, ni desayunado con orujo, no gozo de esa gracia racial que provoca el salero de la palabra jocosa al paso de una mujer exclamativa, que diría el genial Gómez de la Serna, pero admiro al repentivismo de quienes son capaces de construir una texto ingenioso cuando una mujer provoca una frase a caballo del elogio y la admiración.

El piropo es un género en si mismo, una suerte de haiku con su poética vulgar o sublime. A nadie ofende y todo lo ensalza, incluso cuando está subrayado por la testosterona. Es voluntarioso y voluptuoso, un fotograma de cine mudo arrancado de una película de Virna Lisi o Monica Bellucci.

Nos estamos pasando dialécticamente poniendo adjetivos a las manifestaciones tradicionales de ensalzar la belleza. La burbuja inmobiliaria está acabando con los albañiles y por ende con los piropos. Capaces son de sancionar con una multa las expresiones entusiastas proclamadas al paso de una mujer.

Por ese camino acabaremos condenado la picaresca, desterrando a El Buscón, silenciando El lazarillo o censurando el Quijote.

A mí me pide el cuerpo erigirme en defensor del piropo, máxime cuando comienza a ser seriamente cuestionado. Y debo señalar que no es exclusivo de los hombres, pues he sido testigo de piropos proferidos por mujeres y dirigidos a varones que a su juicio estaban de muy buen ver.

Nos estamos perturbando y especializándonos en poner palos en las ruedas de los carros que mueven la historia. Lo realmente lesivo, las causas profundas e inmediatas que incrementan la violencia de género, hay que buscarlas en el corazón de la crisis, en la imposibilidad de llegar a fin de mes o de salir del paro, en el futuro oscurecido, en la impotencia frente a un desahucio.

Para mí, el piropo sigue siendo una seña de identidad, como la española cuando besa es que besa de verdad.