Los tres días de pánico en París, que se saldaron con 17 asesinatos y una sensación generalizada de que el terrorismo islámico vive agazapado en las sociedades democráticas a la espera de golpear con mínimo coste y daño máximo, han generado de inmediato dos líneas de pensamiento, tan poderosas como erradas, que es necesario rebatir para combatir el peligroso desafío que enfrentamos.
La primera, según la cual el terrorismo islámico no tendría nada que ver con el islam, fue denunciada ayer aquí por Gonzalo Bareño, con rigor y valentía, en un gran artículo (La crítica no es racismo y es necesaria) que recomiendo vivamente. Para no traicionar al autor, reproduciré solo sus palabras: «Por supuesto que [el terrorismo islámico] tiene que ver con el islam, aunque eso no signifique en absoluto que los musulmanes sean responsables. Como no lo son los nacionalistas vascos de los crímenes que ETA comete para reivindicar la nación vasca que ellos llaman Euskal Herria. Pero claro que esos atentados tienen que ver con el nacionalismo vasco».
El otro error ni es menos nocivo, ni menos digno de denuncia. El gran problema de los atentados de París no sería, según cierta izquierda que delira, que sociedades enteras se hayan convertido en víctimas potenciales de la barbarie de un terrorismo medieval (según pudo comprobarse en Nueva York, Londres o Madrid), sino el riesgo de que, como reacción a esa amenaza, se produzca un aumento de la seguridad que limite algún derecho. Algunos han tenido incluso la desvergüenza de comparar los asesinatos de París con el proyecto de ley de seguridad ciudadana que prepara el Gobierno (varias de cuyas previsiones rechazo sin dudarlo), como si la acción legislativa de un Gobierno democrático, por más discutible que resulte, pueda equipararse a la acción criminal del terrorismo.
¿No han de traducirse sus acciones en un aumento de la seguridad, aunque ello puede significar alguna restricción a nuestra libertad? Si preguntásemos a la inmensa mayoría que nada tiene que esconder, su respuesta sería, sin duda, positiva, pues los españoles de a pie saben bien lo que parecen desconocer algunos de sus líderes: que sin seguridad no hay libertad. Los periodistas, por ejemplo, pueden informar libremente porque tienen la razonable seguridad de que nadie vendrá a tirotearlos. De no ser así, la autocensura -es decir, la falta de libertad- se instalaría de inmediato en televisiones, radios y diarios.
No, la seguridad ni es de derechas ni de izquierdas, por más que algunos dirigentes de esta última se empeñen en transmitir el mensaje de que los ciudadanos pacíficos cumplidores de la ley deben temer tanto, ¡o más!, a sus cuerpos policiales y a quienes lo mandan que a los terroristas que son perseguidos por ellos en defensa de nuestra seguridad y libertad.