Pasaron la fiestas. ¿Están cansados? ¿Creían que ya había escuchado todo y más? Pues ya pueden ponerse las pilas. El 2015 es año electoral. Dos veces electoral. Y la traducción rápida y simultanea de año electoral es ruido. Mucho más ruido que en las fiestas de Navidad. España es el país más ruidoso de Europa. O uno de los más ruidosos. Es fácil de comprobar. Desde Galicia muy fácil. Solo hay que pasar a Portugal para darse cuenta de que hay otra manera de hablar. Sin gritos ni aspavientos. Que los gestos pueden ser los justos, y que el silencio es un muelle de abrigo. En cualquier capital europea es fácil reconocer dónde hay españoles: siempre somos los que más ruido hacemos. Y esta afición por hablar en alto y de todo, sabiéndolo todo, lo que viene siendo el síndrome del tertuliano, se multiplica hasta el infinito cuando se aproximan elecciones. Y este año tenemos dos (casi tres). Tenemos municipales en mayo. Y generales hacia el final del año, cuando Rajoy decida. Casi tres, porque, aunque en Galicia no toca, sí habrá elecciones también en mayo en muchas comunidades autónomas. Y en el grupo de líderes dispuestos a armar ruido y explicar lo inexplicable tenemos este año novedad: la irrupción de la marca blanca, cada vez menos blanca, Podemos. Otro festival de villancicos. Encima ya está claro que las campañas electorales no duran quince días. Y ya sabemos todos que la clave no está en los mítines, a los que solo van los fieles, la cla. La clave está en dar la murga por la televisión. Y asaltar el cielo, pero gracias a los medios de comunicación y a las redes sociales. Imposible descansar. Tocan doce meses de frases hechas y rehechas. De calificaciones y descalificaciones. Un espectáculo que nos hará buscar como nunca el silencio, como sinfonía perfecta de la inteligencia.