Si hay un personaje político del sistema que atrae todas las miradas, ese personaje es Soraya Sáenz de Santamaría. Digo «del sistema», porque fuera de él, de momento, está también Pablo Iglesias, pero le falta el refrendo de las urnas y el poder ejecutivo. Soraya, en cambio, lo tiene todo. Su poder, aunque sea delegado, parece casi absoluto y aseguran que no se mueve una hoja en el Gobierno sin su control. Su capacidad de trabajo, inagotable, aunque ya empieza a parecer una leyenda urbana. Su presencia, visible para todos los españoles tras los Consejos de Ministros y demás comparecencias públicas. Sus expectativas, inmensas, hasta el punto de aparecer en las quinielas de sucesión de Rajoy, en competencia con Núñez Feijoo. Y su disponibilidad se pone de manifiesto cuando Rajoy echa mano de ella para todo, ya sea para buscar nombres, que terminan llamándose «sorayos», o para dirigir el equipo de lucha contra el ébola. Soraya vale para todo y en casi nada decepciona.
De esta forma, a nadie extraña que en la busca de una candidata para la emblemática alcaldía de Madrid aparezca su nombre como una de las poquísimas figuras que puede garantizar la victoria en un momento difícil para el Partido Popular. Y al señor Rajoy se le presenta una difícil disyuntiva: si Soraya no opta a la alcaldía, puede verse obligado a decir sí a Esperanza Aguirre, que es para él un plato difícil de digerir; pero si envía a Soraya a luchar contra los elementos electorales, pierde en el Gobierno a la única persona que le permite dormir tranquilo; y, encima, si las veleidades de las urnas no la proclaman alcaldesa, pierde apoyo y pierde sucesora: un pésimo negocio.
Por esa razón, el presidente se acaba de mostrar tan ambiguo como de costumbre, se salió por los cerros de Sanxenxo y dijo una mentira piadosa: que él «no es quien manda candidatos a ningún sitio». No voy a discutir esa salida por la tangente, pero sí me parece procedente una reflexión: cuando los ciudadanos o los analistas empiezan a tener la percepción de que en una fuerza política solo hay una persona que lo resuelve todo, trátese de un asunto sanitario o de una alcaldía, esa fuerza política tiene un problema: escasez de banquillo. Soraya es muy valiosa, muy trabajadora, muy inteligente y con mucho sentido del Estado, pero no es normal que sea el clavo ardiendo para todas las crisis y todos los apuros. Si lo es, no es solo por su valía, sino porque faltan personalidades con esas características y esa capacidad de liderazgo en el partido gobernante. Esto era impensable hace años, cuando el lujo del PP era precisamente el aluvión de líderes posibles frente a la sequía de la izquierda. Ahora la sequía es general.