Una de las películas más extraordinarias que he visto en los últimos años es La Gran Belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Emocionante, rotundamente hedonista, inteligente (crítica). Plástica, estética, sin concesiones a ninguna grosería: calidad tan abundante en estos pagos fílmicos, de Torrentes y compañía, capas y espadas, humor de muladar. Hubo un tiempo en que nadie presumía de ser un necio. En España esa presunción se ha convertido en una peligrosa epidemia. Abandonemos todo prejuicio y pidamos que los Magos nos la regalen, para mirarla y remirarla. Es de esas narraciones de las que sales fortalecido y, también, transformado. Jep Gambardella, el protagonista, publica un solo libro en toda su vida. Deja de escribir, como hizo el maestro Rulfo. Al final de la película sabemos que lo hizo porque buscaba la gran belleza (...) y no la encontró. La belleza, o la vida -dice Gambardella- sepultada bajo la frivolidad y el ruido. Escondida bajo el bla bla bla. Nunca se ha definido tan exactamente el presente de Galicia y España. Bla, bla, bla. Nos ahoga la vaciedad. Somos náufragos de declaraciones, intervenciones, promesas, redentores. Nos ha vencido el tedio. No hay solución. Quizá la única que reste sea de índole maravillosa: los Magos. A ellos hoy, precisamente, les escribo. Dejadnos la belleza. Mar, Galicia, piedra, viento en los dedos, mesa, amigos, algún abrazo. El resto es bla, bla, bla.