Chapando en Navidad

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

A las Navidades españolas, que fueron tradicionalmente el turrón, las compras y el champán (hasta que el champán, Francia por medio, pasó a llamarse cava) se le ha añadido ahora un viacrucis, sin el que estas fiestas serían ya irreconocibles. Me refiero, claro, al cruel espectáculo de nuestros universitarios literalmente encerrados en sus casas o en las bibliotecas, estudiando para una primera ronda de exámenes que se celebra en las peores fechas que cabría imaginar: en las tres semanas últimas de enero.

Yo, que hice un carrera concebida con la cabeza y no con la parte del cuerpo donde la espalda pierde su ilustre nombre (cinco años y 25 asignaturas), estudiaba, por supuesto, en Navidad, porque un estudiante que aspire a hacer las cosas bien ha de repartir su esfuerzo y mantener una constante de aprendizaje razonable. Pero mis Navidades universitarias eran, claro, unas fiestas de familia en las que uno se permitía bajar sustancialmente el ritmo de trabajo, sabiendo que en determinados días no es posible repicar y estar en la procesión, y consciente de que ello no tendría mayores consecuencias. Y es que a nadie con dos dedos de frente se le ocurre que los universitarios deban estar enclaustrados con los libros los días del año en que en nuestro país se concentran el mayor número de fiestas, compras y reuniones familiares y de amigos.

Esa anomalía, que lo sería en cualquier caso, lo es mucho más, si cabe, con unos planes de estudio sencillamente demenciales, diseñados o por un tonto o por un loco, donde en 4 años deben aprobar los universitarios entre 45 y 55 asignaturas, de modo que no es difícil imaginar que muchos de ellos acabarán sus estudios sin ser capaces de hacer una lista completa de las materias que han cursado.

Conozco a muchísimos padres y sé que hay docenas de miles de estudiantes (todos los que hicieron circular a lo grande por la red un artículo en el que, ya el año pasado, denuncié aquí este irresponsable y estúpido dislate) hartos y hasta escandalizados por un sistema de cuatrimestres que no sería más irracional si lo hubiera planificado el peor enemigo de los estudiantes universitarios y de sus familias. Pero lo cierto es que a nadie en el gobierno de las universidades o en el Ministerio de Educación parece importarle un pito lo que opinan, sobre la forma en que se presta, los usuarios de un servicio público esencial.

Aquí importan las modas, que han determinado con frecuencia la importación de sistemas de países con costumbres muy distintas a las nuestras, de los que hemos solido tomar, además, todo lo malo y nada de lo bueno. Y aquí importan, también, con demasiada frecuencia, los caprichos de ministros y rectores que parecen vivir en la Luna y haber estudiado en Marte. Y así estamos: entre marcianos y lunáticos.