Las coaliciones de perdedores


Recordará el lector que el PP amagó este verano con cambiar la legislación electoral, para asignar la mitad más uno de los concejales a las candidaturas ganadoras en sus municipios, con el 40 % de los votos válidos o más. Lo que no habría tenido grandes efectos, porque el PP conseguirá ese porcentaje en seis de las cuarenta y siete ciudades de más de 100.000 electores, luego el propósito de la reforma no podía ser otro que establecer un porcentaje de exclusión del entorno del 15 % para concurrir en una segunda vuelta, lo que eliminaría de los municipios a quienes no lo hubieran alcanzado. Hubo debate, porque el PSOE tardaba en reaccionar, y ahí apareció el argumento que empleará Rajoy desde las elecciones municipales, si es que ha decidido no anticipar generales: las coaliciones de perdedores no pueden arrebatar el poder a la lista más votada, y es por esto que pensamos blindar su posición, nos vinieron a decir los dirigentes populares.

Quizá comprendieron que ya no promediarían el 37 % de votos en España, sino más bien el 30 %, o que quedarían excluidos de los ayuntamientos en Cataluña, del norte de Navarra y del País Vasco, el asunto es que la reforma no se produjo y solo sirvió para enseñar a las personas algunas características de su cultura política. Su intento despreció a todas las minorías sin excepción, pero, sobre todo, llamó idiotas a las personas corrientes. Basagoiti pactó con el PSOE contra el PNV en el año 2009 para arrebatarles el País Vasco, por poner un ejemplo cercano de una práctica ancestral de los populares, que se visualiza mediante el pacto entre Rita Barberá y Vicente González Lizondo, de UV, para arrebatarle al PSOE la alcaldía de Valencia en el año 1987. Y si buscamos en el mapa municipal del año 2011, lo más probable es que encontremos pactos municipales de lo más variopinto en contra de la lista más votada, en los que participan los ediles del PP.

El problema de Rajoy es triple, porque este argumento de los frentes populares arrebatando al PP el poder legítimamente conquistado en las urnas, es falso y, por lo tanto, solo convence a los peor formados, que son los más mayores; segundo, porque no despertará las pasiones que pretende, y tercero, porque la mitad más joven del censo está decidida a mandar al PP al lugar de la refundación (lo dicen el CIS y los barómetros), y esto será así en mayo y en noviembre y con independencia de los indicadores de la economía. Pero, sobre todo, es cínico, porque todo el mundo sabe que si ganara Podemos las elecciones generales, quedando segundo el PSOE, el PP investiría a Pedro Sánchez contra la lista más votada. Y si el PP quedase segundo, le ofrecería de todo al PSOE para impedir el gobierno de esta lista más votada.

Las elecciones generales en mayo le evitan al PP el ridículo territorial, y además orientan, con ese resultado, el sentido de los pactos municipales y autonómicos que se deban producir. Además, el Partido Popular concurre incomparablemente mejor con Soraya Sáenz de Santamaría que con Mariano Rajoy o Esperanza Aguirre.

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