María Salmerón, pediatra especialista en salud digital: «El cerebro adolescente no se sabe autorregular»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

LA TRIBU

María Salmerón Ruiz es experta en salud digital y adolescencia.
María Salmerón Ruiz es experta en salud digital y adolescencia.

La coordinadora del plan digital familiar de la Asociación Española de Pediatría analiza la medida anunciada por el Gobierno de prohibir las redes sociales a menores de 16 años

04 feb 2026 . Actualizado a las 10:30 h.

María Salmerón Ruiz (Granada, 1981) es pediatra especialista en medicina de la adolescencia, así como coordinadora y autora del plan digital familiar de la Asociación Española de Pediatría (AEP), que proporciona una serie de recomendaciones para promover la salud digital en las familias. Después del anuncio por parte del Gobierno de la prohibición de las redes sociales en menores de 16 años, la experta recalca la importancia de esta legislación. 

—¿Qué le parece la medida?

—Hablo desde la perspectiva de la salud pública. Se supone que hay una limitación de edad, pero esta no se cumple. Se está permitiendo que este tipo de servicios vayan en contra de la salud de los menores por cómo están diseñados. Es como si se les permitiese a las empresas de juguetería no poner en las cajas que tiene piezas pequeñas y por lo tanto, no se puede dar a un niño menor de 3 años.

—¿Cómo influyen las redes sociales en la salud de los menores?

—En las redes sociales, uno se vuelve adicto al contacto social, cuando en la vida real, no sería posible. Las tecnológicas lo saben, y buscan que te quedes, porque su verdadero negocio es la venta de tus datos. Cuanto más tiempo estés, más rentable es a nivel económico. Y si además eres joven, más te conocerán.

—¿Un cerebro menor de 16 años es más fácil de enganchar?

—El cerebro del adolescente no se sabe autorregular, pero no solo en las redes sociales, en nada. Por una razón neurobiológica: la región prefrontal, que es un poco la directora de orquesta del cerebro, la que autorregula, la que planifica, la que organiza y la que gestiona las emociones, es inmadura. Esta se termina de desarrollar, biológicamente, en torno a los 30 o 35 años, con una zona amigdalar donde se generan esas emociones totalmente desarrolladas. De ahí que el cerebro adolescente sea, por defecto, impulsivo. Pero no con las redes, con todo. Por eso se les protege del alcohol y el tabaco, porque se considera que un menor no tiene la capacidad de autoprotegerse frente a algo que sabemos que es dañino para su salud. Le estamos echando gasolina al incendio, porque estamos dando patrones que ya son difíciles de que un adulto pueda manejar a cerebros que son incapaces de autogestionarse.

—¿Por qué?

—Voy a poner un ejemplo simple. Si a un niño de dos años lo pones enfrente de una pantalla a hacer una torre, lo que hará es desplazar un dedo. Sin embargo, si lo pones en el suelo a hacerla, trabajará la tridimensionalidad, la manipulación, si está frío o caliente, los colores. Probablemente construya, pero luego lo destruya. Se está desplazando buscando las piezas. Seguro que tendrá que haber un adulto delante, porque si no, abandonará la tarea. Se está relacionando y comunicándose. Así, ante el mismo tiempo y tipo de estímulo, entre comillas, el digital es muy pobre. Afecta a la atención, una función ejecutiva que está en la región prefrontal; a todo, porque nuestro cerebro lo que necesita es ejercitarse como cualquier otra parte del organismo.

—No sé si el ejemplo se puede aterrizar también a la adolescencia. 

—En la adolescencia también hay una etapa de desarrollo crítica de funciones superiores que son más difíciles. Al final, el cerebro lo que necesita en la etapa adolescente es la relación con otros, el cara a cara, porque se está aprendiendo la socialización, la complejidad del lenguaje, la manera de comunicarse, la capacidad de tolerar la frustración. Si tú no aprendes a hacerlo en ese momento, no lo vas a hacer después.

—¿Qué papel tienen los padres?

—Puede que unos padres no den una pantalla en casa, pero sí la recibirá en el colegio. Al final, estamos hablando de la necesidad de legislar, por eso siempre digo que es un problema de salud pública. Hay que cuidar a un grupo de población que por defecto es muy difícil de proteger, como sucedió con la ley antitabaco. Por un lado, se sensibiliza a la población, porque se lanza un mensaje claro y contundente: las pantallas son malas. Y además, se unifican todos los espacios del niño, porque si le dices que en casa no, pero luego en el colegio o el recreo sí, no va a entender nada.

—Sobre el uso de pantallas, ¿qué recomendación de tiempo daría?

—Mi recomendación se basa en la evidencia científica y está avalada por la Asociación Española de Pediatría: cuanto más tarde, mejor. El estímulo offline va a ser mucho más rico que el online. Por otra parte, el tiempo es finito y el día dura lo que dura. Cuanto más tiempo estemos con una pantalla, menos dedicamos a los hábitos de vida saludables. Además, con su uso se desplaza el sueño, la alimentación, las relaciones sociales cara a cara de calidad, el ejercicio físico y el contacto con la naturaleza. Todos son ítems imprescindibles para un adecuado neurodesarrollo y diría que para una adecuada salud en cualquier etapa de la vida.

Por lo tanto, la recomendación es: antes de los 6 años, que es una ventana de neurodesarrollo súper importante, las pantallas interfieren, por lo tanto no hay un tiempo seguro. Teniendo en cuenta que a partir de la etapa adulta el tiempo de uso de este tipo de dispositivos no debería ser más de una hora porque ya interfieren los hábitos de vida saludables, lo ideal es que a partir de los 12 años tampoco se les dedique tiempo, pero es muy difícil a esa edad que no haya pantallas. Por eso, a partir de los 12 años no más de una hora al día, como el adulto. Al gual que es importante retrasar la portabilidad lo máximo posible, porque no es lo mismo tener una tele en casa que tener un móvil en el bolsillo.

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.