Si usted es de los que han hecho buenos propósitos para este año que acaba, sepa que le quedan tres días para, por ejemplo, dejar de fumar o perder veinte kilos. Si lo que se ha propuesto es algo más fácil, como plantar un árbol, escribir un libro o tener un hijo, póngase ya a la faena, que le va a pillar el toro. Aunque los buenos propósitos a veces más vale que no sean más que eso. Por ejemplo, lo de Urdangarin que comparece hoy aquí para demostrar su inocencia y bla, bla, bla. A mí, cuando un año termina y otro comienza, me viene a la memoria, fíjese usted qué cosa, el general Franco Bahamonde y su discurso en la tele con voz aflautada. El rey Felipe VI nos ha soltado el suyo desde un decorado rancio, con fotos que demuestran lo que lo quiere su mujer. A mí la mía, cuando sea rey, también. Por eso me lo apunto en los buenos propósitos para el año que entra: ser rey. Y si lo consigo, daré mi discurso con muebles nórdicos y fotografías de mi santa trincándome como Letizia trinca al rey de ahora. Este ha sido un año de buen tiempo y mala cara, donde se han ido algunos de los mejores y de los otros, pero donde aún se han quedado muchos, porque los abuelos resisten para seguir sacando al Gobierno las castañas del fuego. En fin, un año bien surtido. Y si entre sus propósitos estaba leer por fin el Quijote, como no le va a dar tiempo, váyase al último capítulo, en el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió. Como el año 2014. Vale.