No hay duda de que el 2015 será el año electoral más interesante y decisivo desde hace 30 años. Mariano Rajoy lo fía todo a la recuperación económica que, acelerada por el hundimiento del precio del petróleo, espera sea mayor de lo previsto y por fin llegue a los ciudadanos. Pero se ha dado cuenta de que con eso solo no basta, hay que mejorar la comunicación. Lo que se traduce en vender que la crisis ya es historia, a lo que habría que añadir salvo algunas cosas (paro, desigualdad, pobreza), aumentar al máximo el control de la televisión pública (como atestiguan los últimos nombramientos) y entrar al choque político frontal (como muestra la designación del halcón Rafael Hernando). Pero puede que esta vez no sea la economía, estúpidos, lo que decida las elecciones. El tremendo desgaste de la figura de Rajoy, la corrupción, los incumplimientos y los recortes que han golpeado a las clases medias juegan en su contra. El PSOE se presenta con una cara nueva, Pedro Sánchez, que podría ser provisional. Si el partido fracasa en las municipales, su liderazgo, ni mucho menos consolidado, sería efímero, con Susana Díaz como recambio. El hiperactivo líder socialista, que ha tenido aciertos, como acercarse a los ciudadanos y hacer autocrítica por los errores del pasado, ha emitido también preocupantes señales de improvisación y liviandad y parece «podemizado», obsesionado con lo que llama despectivamente «el populismo». Podemos aguanta el tirón pese a que está sufriendo en carne propia la dureza de la batalla política. Es como si sus votantes contaran los días que faltan para castigar en la urnas al bipartidismo, sin importarles ni su programa ni el pasado de sus líderes ni sus presuntas corruptelas. Para muchos es también un resquicio, el único, a la esperanza.