El final de una anomalía histórica

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

18 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Sostenía Carl von Clausewitz que «la guerra es la continuación de la política por otros medios». Durante más de un siglo, el autor prusiano gozó de amplio predicamento. Y no solo en el ámbito militar: su obra De la guerra, publicada póstumamente, la recomiendan, aún hoy, selectas escuelas de negocios y de márketing. Afortunadamente, en el despacho oval de la Casa Blanca parece que finalmente se ha impuesto la cordura de Michel Foucault, el filósofo francés que propuso invertir la máxima de Clausewitz: «La política es la continuación de la guerra por otros medios». Parece que Obama, ahora sí, aunque quizá un poco tarde, comienza a pagar las primeras cuotas del Nobel de la Paz que le entregaron al fiado.

La guerra económica, y el bloqueo comercial y financiero como su expresión más atroz, puede resultar tan destructiva como la dirimida con las armas en la mano. E incluso más cruenta, al cebarse en la población civil como víctima propiciatoria. El embargo económico, además de estrategia abocada al fracaso, solo lo padecen los pueblos que supuestamente se pretende liberar. No sus gobiernos ni sus dictadores. Resulta difícil, incluso rebuscando en la experiencia histórica, concebir cómo se puede tumbar un régimen por el método de ahogar a los ciudadanos o privarlos de alimentos o de medicinas.

Cuba sufrió el bloqueo más largo y cruel de la historia. Desde la revolución castrista, que confiscó las propiedades estadounidenses en la isla, hasta el deshielo anunciado ayer por Obama han pasado más de cinco décadas. Durante ese período, los gobiernos de Estados Unidos protagonizaron, alentaron o toleraron un sinfín de agresiones: sabotajes contra industrias y centros comerciales de la isla, reiterados intentos de asesinar a Fidel Castro, la invasión militar de Bahía de Cochinos en abril de 1961, dos leyes -la de Torricelli en 1992 y la de Helms-Burton en 1996- para apretar el lazo corredizo del bloqueo... La última, con ribetes grotescos si la aislamos del marco dramático, la acaba de destapar la agencia Associated Press: entre el 2008 y el 2012, Estados Unidos se propuso reconquistar Cuba a ritmo de rap. Sabiendo que los cubanos llevan la música incrustada en el tuétano, convendrán conmigo en que se trataba de la idea más descabellada que parió madre.

El cerco económico no tenía justificación. El pretexto ideológico o de defensa de los derechos humanos se desbarató el día en que Richard Nixon, sin antecedentes maoístas conocidos, marchó a Pekín a jugar al ping-pong. El argumento de la seguridad nacional, que hoy mueve a chanza, se diluyó tras la crisis de los misiles en 1962: Kruschev se llevó los petardos nucleares a Moscú y Kennedy se comprometió a no invadir Cuba. ¿Qué más razones había para mantener un bloqueo hasta 23 veces condenado por Naciones Unidas? Ninguna, salvo la furibunda oposición de los grupos anticastristas de Miami. Obama ha puesto punto final a una anomalía histórica y habrá que agradecérselo. Al igual que al papa Francisco por el papel desempeñado (¿pero qué tendrá este papa argentino que hace tambalear mi arraigado agnosticismo?).