En defensa de la libertad de todos

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

17 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Las sociedades democráticas se caracterizan, entre otros, por el supremo valor del pluralismo político y social. Y es que, en democracia, dentro del obligado respeto a los derechos y libertades proclamados en la Constitución y en las leyes, son muchas -es decir, son muy plurales- las formas en que cabe entender la política, la economía, la cultura o las costumbres, sin que pueda afirmarse con carácter general o desde valores absolutos que unas son mejores que las otras.

Pero la democrática no es solo la sociedad en donde existen ideologías diferentes y modos distintos y hasta opuestos de entender gran parte de las doctrinas y principios que rigen la vida colectiva, pues eso está en la propia naturaleza humana y, con mayor o menor intensidad, ocurre en todas partes. No, la democrática es la sociedad donde esa diversidad ideológica que constituye el pluralismo, lejos de entenderse como un mal a erradicar, se concibe como la base misma de la libertad de todas las personas, convertidas de este modo en verdaderos ciudadanos.

Hasta tal punto es así que la comprensión y aceptación de la decisiva importancia del reconocimiento y el respeto al pluralismo, sin el que no puede existir la libertad, es lo que distingue a un demócrata de un auténtico fascista. Si las palabras siguen significando algo en este país, que, como me decía ayer un amigo muy querido, se ha acostumbrado a pervertirlas de un modo ignominioso, un demócrata es quien considera que sin la libertad de todos los que respetan la ley no puede existir la suya propia. El fascista, por el contrario, vive tan persuadido de estar en posesión de la verdad -sea esta la que fuere- que desprecia las posiciones de todos los demás hasta el punto de considerarse con derecho a perseguirlas con la enfermiza obsesión de aniquilarlas.