Constitución: no es la baraja, son las trampas


Hace muchos años, cuando Jordi Pujol era todavía molt honorable, y no un apestado político y un defraudador confeso, hablé con él sobre la Constitución. Sentados en una mesa a la hora de los postres, le pregunté al entonces presidente de la Generalitat si las aspiraciones de Cataluña cabían dentro de la Carta Magna o si la independencia era la única salida. Pujol me miró con la sonrisa que pone alguien que va a impartirle a un niño una lección que considera importante. Tomó una servilleta de papel y dibujó sobre ella una línea horizontal. «Esto es la Constitución. Abarca desde este extremo hasta este otro. Y cualquier punto situado entre estos dos límites está dentro de la Constitución», me explicó. «El problema es que ahora nos encontramos aquí, -continuó, señalando un lugar cercano el extremo izquierdo de la línea que acababa de trazar- y nosotros queremos estar aquí». Concluyó esta frase con la punta del bolígrafo situada en un punto próximo al extremo derecho, pero todavía a varios centímetros. «Claro que Cataluña cabe en la Constitución, pero hay que desarrollar todas sus capacidades y situarnos en un punto de ella en el que nadie se sienta incómodo». Así concluyó aquella clase magistral.

Entendí entonces, y comparto ahora, que la Constitución no es una foto fija de un país y que tampoco hay que confundirla con el Código Penal. Dentro de esa misma Carta Magna cabía la España gris, jacobina y represora de 1979 y también el Estado más descentralizado del mundo y una de las naciones más libres del planeta, que es lo que somos ahora. España ha avanzado y ha cambiado enormemente sin reformar su Carta Magna. Y puede seguir haciéndolo sin salirse de aquella línea que dibujó Pujol. Invocar la reforma de la Constitución como un bálsamo de Fierabrás que va a solucionar per sé todos los problemas es, además de una soberana estupidez, una manera de que los políticos eludan su fracaso y su responsabilidad por la penosa situación en la que nos encontramos. El problema no es la baraja, sino que algunos quieren hacer trampas porque no saben jugar sus cartas o porque los votantes les han repartido pocas. Pero pedir un mazo nuevo no va a hacer que a todos les entren cuatro reyes. La Constitución no es un cuarto cerrado. Tiene las puertas abiertas porque así lo quisieron quienes la hicieron posible. Y en ella caben muchos de los profundos cambios que se están planteando ahora, sin necesidad de reformarla o de acabar con ella. Aunque para eso hacen falta votos, y no discursos.

Hay políticos que pretenden convencernos de que el rugido que se escucha en la calle es un clamor por cambiar la Constitución, y no el eco del hartazgo por su corrupción y su incapacidad para sacarnos de la crisis. Cámbiese la Constitución si hay consenso. Pero ese, desde luego, no es el primer problema del país. ¿O es que vamos a acabar con la corrupción, con la crisis y con el conflicto catalán redactando unos bonitos artículos en la nueva Constitución?

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