Comprender a la Leona


Solo mes y medio después de asombrar en los Juegos de Londres, ya se empezaba a dudar de Mireia Belmonte, la Leona de ojos azules. Talento, carisma, rebeldía y batacazos esporádicos orillaban su figura hacia la de una estrella de rock.

Tenía solo 21 años. Pero su carrera ya había dado tantas vueltas que aquellas semanas de dispersión, ajena a su club, el Natación Sabadell, mientras negociaba el contrato de su vida, destaparon toda clase de especulaciones. Hoy apenas se discute que, cuando todo termine, la acompañará el cartel de mejor deportista española de todos los tiempos.

Pasar ocho horas diarias en la piscina puede convertirse en una tortura. Como otros elegidos, Miss Belmont transforma esa sensación en gasolina para su mente. «Me gusta la natación por lo que sufres cada día. Porque la recompensa moral es mucho mayor que todo el sufrimiento. La natación te devuelve todo lo que le das», reflexionó tras la culminación de sus dos platas olímpicas. En realidad, en Londres iba a empezar todo de nuevo. Porque hasta ese verano, algunos grandes eventos la tragaban como arenas movedizas. En Pekín, aquella niña de 17 años había cargado también con el pecado original de una natación que no terminaba de acompañar el salto que el deporte español había dado en los 20 últimos años.

El esfuerzo agónico, la permanente pelea del deportista con sus propios límites, requiere una conexión singularísima con el entrenador que le empuja a caminos desconocidos. Mireia, la hija del conductor de autobús, encontró esa complicidad junto al francés Fred Vergnoux. No porque el exigente entrenador francés le pasase el brazo sobre el hombro, sino porque tocó las teclas que transformaron a la Leona, el mayor talento español en décadas, en una ganadora. La pincha con mantras como el que acuñó el mánager de Los Ángeles Dodgers de béisbol, Tommy Lasorda: «La diferencia entre lo posible y lo imposible está en la determinación de la persona». En Doha, Mireia recrudeció su lucha contra la realidad, pero en piscina de 25 metros. El oro en Río 2016, la siguiente frontera para la niña de ojos cristalinos, le pide otros dos años de sufrimiento.

La chica de las 120 kilómetros semanales en el agua empuja ahora al gran público hacia la natación, en un país con más estrellas que auténtica cultura deportiva, donde una casta también parasita las federaciones, con personajes que forman parte del paisaje, como los presidentes Villar y Odriozola. Mireia, que parecía perderse a la vuelta de Londres, recuerda que el deporte no responde a ecuaciones exactas, a cálculos de despacho. Tras los Juegos, solo era una chica que necesitaba dispersión, aflojar la cuerda durante unas semanas. Hace tiempo que ha vuelto, rumbo a lo imposible.

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