La mar

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

06 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Ha sido un domingo de sobresaltos, de malas noticias con acento gallego. Noviembre no quiso concluir su rosario de días sin cobrarse el tributo de vidas que periódicamente arrebata el océano. Fue de nuevo la mar quien tendió una celada a los tripulantes del Safrán, un gallardo pesquero con base en mi viveirense puerto de Celeiro, un gallardo y marinero barco de acero, pintado de verde, que también es el color de la mar. Dos vidas se cobraron el viento y la noche, antes de que en poco más de diez minutos el Cantábrico engullera a la nave en la zozobra de un naufragio.

Nací en una orilla de la mar que acunó mi infancia y definió mi paisaje de hombre. Descifré la sinfonía de vientos que la cabalgaban, el temporal y la galerna, la brisa pizpireta que acariciaba su piel de agua, la calma y la ira. Aprendí su cromatismo pintado de azules, los grises invisibles y transparentes de los días de otoño, el festival luminoso de la esmeralda, de los tornasoles de mayo.

Interpreto la mar, que ejerce sobre mí un magnetismo hipnótico, la mar que me convoca cuando estoy lejos, la que me espera con un saludo de marea alta cuando llego a mi pueblo, mi añorado mar del norte, orgulloso y viril. Manso y fiero.

Por eso los dos desaparecidos del Safrán, los dos náufragos, son mis náufragos, dos eslabones en la larga cadena de naufragios que se cobra la mar, un inmenso mapa de ahogados que la mar no devuelve, la crónica incesante del dolor de los pueblos ribereños, un inevitable destino de las gentes que han hecho del oficio de la mar su vida.

Ando últimamente releyendo textos literarios que tienen la mar en todas sus páginas, desde Gran Sol de Aldecoa, a Melville o Conrad, busco el rastro de naufragios narrados, escritos, que cuentan historias de piratas, de conquistadores, de naves y de islas que no vienen en los mapas, tierras submarinas que catalogaba Verne, de barcos fantasmas doblando el cabo de Hornos, de navegantes y holandeses errantes surcando los mares de la literatura. Historias a las que vuelvo y que todavía excitan mi imaginación adolescente, que permanece intacta desde Salgari o Stevenson. Es la mar la que me dicta esta tristeza inevitable, los penúltimos desaparecidos que no han regresado a puerto, que habitan en mi memoria de pueblo, a los duros inviernos de mi infancia, al universo que nace al otro lado del horizonte, donde yo creía que se acababa la mar.

Piedad y amparo para las gentes de todos los gremios de mareantes que arrebató la muerte. Amparo para que la Virgen que navega la nao capitana los acoja en una oración susurrada en una salve cantada a babor. En un recuerdo que cientos, que miles de naves hundidas se fueron al fondo marino con sus tripulantes a bordo. El domingo fue el Safrán. Que no llegue el olvido a la mar.