El papa Francisco y el sultán Erdogan

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

03 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Si algo caracteriza el papado de Francisco es su voluntad de romper moldes, de acercar la Iglesia a las personas y mostrar que se pueden cambiar las cosas incluso en una institución tan monolítica como la que encabeza. Regreso a los orígenes del cristianismo primigenio, humildad, pobreza, generosidad parecen ser los motores que le impulsan. La corrupción aflora y el terrorismo islamista obliga a modificar nuestra percepción del mundo, y no son pocos los que han depositado sus esperanzas en que este hombre se convierta en el motor del cambio.

No lo tiene nada fácil, ni dentro ni fuera de la Iglesia. Siglos de privilegios y burocracia palatina en la institución y la ley mordaza que ha barrido bajo la alfombra los mil y un abusos que muchos han cometido en su nombre, no se pueden limpiar de la noche a la mañana. Las décadas más recientes de injusticia social y anquilosamiento ideológico que han alejado a millones de potenciales fieles tampoco son fáciles de borrar.

Y, por si fuera poco, el avance de la marea extremista de Oriente Próximo: el terrorismo islamista, el yihadismo y el fundamentalismo planean como una nueva amenaza para la Iglesia católica. Francisco es valiente y ha decidido plantarle cara justo a quien se ha erigido en adalid de la causa musulmana, quien no se priva de manifestar que considera que las mujeres son inferiores y quiere cambiar la historia diciendo que América fue descubierta por los musulmanes: el nuevo sultán turco Erdogan. Un duelo entre dos visiones antagónicas del mundo, un duelo entre civilizaciones que nunca se han llevado bien y que no parece que puedan hacerlo jamás.