Lendoiro, Cerezo y los violentos


España se lame las heridas por la batalla campal de Madrid. Estamos en el momento de la declaración de intenciones y del nunca más y demás palabrería que se estila en tiempos convulsos. Ayer, responsables del estado anunciaron tolerancia cero, una vez más, con la violencia ultra en el fútbol. También el máximo dirigente de la Liga, Javier Tebas, se puso trascendente para espetar un rotundo: «Los ultras están acabados».

Desde la buena fe y quizá desde la ingenuidad podemos creernos que hasta aquí hemos llegado y que los violentos en España tienen las horas contadas. Pero antecedentes hay de que las palabras de según quien se diluyen en el tiempo.

Si los grupos radicales se han desarrollado en el fútbol ha sido gracias al consentimiento de los dirigentes, quienes, a veces por conveniencia, otras por miedo, han dejado crecer a un grupo de delincuentes a la sombra de un escudo al que dicen adorar, pero que en realidad pisotean.

Algunos directivos instrumentalizaron a los ultras. Primero, como prevención de que no contestasen su gestión; y, segundo, como arma arrojadiza contra el discrepante o quien amenace sus intereses, casi siempre bastardos. En el caso que nos ocupa, Riazor Blues ha sido un grupo heterodoxo, formado por un buen número de jóvenes animosos cuya única finalidad es divertirse con el equipo de sus amores y por un grupo que hace ya tiempo que cruzó la línea roja de la convivencia.

Este último grupo fue convertido por Lendoiro en su momento en un verdadero poder fáctico de la entidad. Se les dio tal pábulo que ellos mismos, a su manera, se creyeron con derecho a un trato privilegiado y a ser consultados para según que cuestiones. Así, para tenerles contentos hubo jugadores que contribuyeron económicamente en sus desplazamientos. Incluso algunos entrenadores les daban explicaciones sobre cuestiones deportivas. Ni que decir tiene que siempre existió la sospecha de que desde la entidad blanquiazul se les echaba una mano a la hora de conseguir entradas o de desplazarse, al tiempo que se les permitía el uso de un local propio dentro del estadio de Riazor. Lendoiro, igual que otros dirigentes, buscó en los ultras una alianza en defensa de sus intereses y en perjuicio de sus enemigos.

Si de verdad se quiere acabar con la violencia ultra, hay que romper de una vez el cordón umbilical que los une a las entidades futboleras. Si el Atlético de Madrid de Cerezo y Gil quiere, dejará de haber criminales que maten en su nombre. Si el Deportivo lo asume con determinación, dejará de ser protagonista en los telediarios porque cien de sus aficionados recorren 600 kilómetros para participar en una batalla mortal.

Si esto no sucede, las palabras se las llevará el viento y dentro de un tiempo habrá otro Jimmy.

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