Por paradójico que parezca, la política puede ser al mismo tiempo retorcida como la obra de Faulkner o limpia y clara como la de Zweig. Un misterio o una verdad que asoma sin rubor para que todos la vean. El panorama político en Pontevedra podría ser hoy día más lo segundo que lo primero, a tenor de lo que dice la encuesta de Sondaxe. Que el BNG tiene a tiro de piedra la mayoría absoluta es algo sobre lo que muchos han teorizado en los últimos meses. Con Lores convertido en marca, el muestreo dice que los comicios de mayo consagrarán el proyecto político de los nacionalistas. Algo lógico en realidad. El Bloque se dispone a recoger las bondades de un modelo de ciudad ampliamente aceptado hoy por la ciudadanía, pero cuya implantación no fue, ni mucho menos, un camino de rosas. En estos tiempos turbulentos para la cosa pública, manchada por la corrupción, el mangoneo y el descrédito de nuestros representantes, que un proyecto político reciba el apoyo de la sociedad a la que sirve no deja de ser una buena noticia, más allá de ideologías, filias y fobias.
Por lo demás, la proyección es inquietante para PSOE y PP. Y seguramente el motivo del retroceso de ambas fuerzas sea el mismo: su incapacidad para hacer ver que tienen un proyecto para estimular el progreso de Pontevedra. Los socialistas, a tenor de lo que dicen los datos, se van a ver fagocitados por el tirón electoral de sus compañeros de viaje. Y surge la duda de si hubiese sido más rentable intentar anotarse más tantos vinculados a la gestión municipal, en lugar de poner tanto énfasis en desmarcarse y buscar puntos de fricción con sus socios de gobierno. Al fin y al cabo, en estos años el PSOE ha ayudado a implantar el modelo de ciudad al contribuir a la estabilidad institucional.
Para el PP, el panorama es preocupante. La pérdida de dos ediles y el suspenso (3,53) como oposición que les otorgan los pontevedreses dibuja una nueva travesía del desierto para el partido de la gaviota, incapaz de consolidar un discurso y un equipo.