Debió de ser como una final de la Champions, un combate entre Foreman y Cassius Clay, un duelo interpretativo entre Brando y el mejor Pacino. La gran disputa del siglo XVII no tiene un timbre bélico; ni siquiera una explicación política o territorial. Tampoco remite a alguna de las muchas cosas que han llevado a los seres humanos a tocarse las narices los unos a los otros desde que tenemos constancia de ser. La verdadera hostilidad de ese fecundo período histórico se construyó en torno a la palabra: el churrigueresco Góngora frente al polisémico Quevedo. La munición de la contienda era la poesía y el campo de batalla, los libros. Una disputa épica, una deliciosa hostilidad cuya victoria la historia confió a Quevedo.
Cuatrocientos años después, la poesía está hecha unos zorros. En un momento de gravedad histórica, la persona elegida por los españoles para ser su presidente ha renunciado a la palabra. Rajoy desprecia el efecto revolucionario del lenguaje, el toque balsámico de un adjetivo bien colocado, la solidaridad que puede despertar un buen verbo, la capacidad de una metáfora para excitar lo bueno que llevamos dentro y disolver lo mezquino. Al desatenderlo, ha renunciado a la emoción, en un tiempo que está siendo mucho más sensitivo que racional. A veces resulta desconcertante la mediocridad de un discurso político al que el presidente parece enfrentarse con hastío, como si compartir con los ciudadanos las claves de este tiempo fuera un molesto engorro que necesitara despachar lo antes posible para ponerse a escudriñar el Marca. Hoy no es la economía, es la poesía.