El iceberg de Carlsen

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

26 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Era un niño que leía un tebeo del Pato Donald, mientras jugaba unas partidas en Reikiavik. El detalle sucedía el día que le ganaba a Karpov y que empataba con Kasparov, entonces dos gigantes. Magnus Carlsen, de alguna manera, sigue siendo ese niño. Fue el segundo más joven de la historia en ser gran maestro. Y ahora se ha proclamado bicampeón del mundo a los 24 años, otra vez derrotando a Anand. El tigre de Madrás perdió a lo grande, pero perdió. Carlsen no estuvo tan brillante como otras veces, pero se llevó la corona en Sochi. Y le dio una alegría tremenda a toda Noruega, que ve sus partidas como los hinchas del fútbol alucinan con la final del Mundial. Intenta no levantarse nunca antes de la una de la tarde, este noctámbulo que pasa las madrugadas jugando al póker por Internet y viendo partidos del Madrid, otra de sus pasiones. Dicen que su mirada sobre el tablero tiene la solidez de Karpov y el brillo de Fischer. Comentan que hay reinado para tiempo. El ajedrez es un juego despiadado, el deporte más duro. Un gimnasio para la mente, pero encima atados a un reloj que puede explotar. El tictac del reloj se confunde con el tictac de los corazones. Hay que tener nervios de plomo y una inteligencia despiadada. Y otra de las virtudes de Carlsen, una memoria con muchas gigas, capaz de almacenar y barajar posibilidades de movimientos sin parpadear. Todo metido en un ser humano. La mente del noruego es un témpano con la punta afilada de un iceberg.