El desahucio de Carmen


El desahucio de Carmen demuestra una vez más hasta qué extremos puede llegar la crueldad de un sistema sin alma ni corazón. A sus 85 años fue expulsada hace unos días de su casa del barrio madrileño de Vallecas, donde llevaba medio siglo viviendo. El pecado de esta octogenaria viuda, que no sabe leer ni escribir y vive sola con una pensión de 630 euros al mes, fue avalar un préstamo de su hijo con un particular, que no pudo pagar. Su rostro de dolor y sufrimiento, sus lágrimas, su desesperación, tras ser puesta de patitas en la calle sin contemplaciones, de forma inmisericorde, golpean con fuerza a cualquier persona mínimamente decente y apuntan directamente a las autoridades que, carentes de la más elemental humanidad, no movieron un dedo para buscar una solución a este drama antes de que se produjera. Como siempre, solo la heroica Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) se movilizó para apoyar a Carmen. Ante la falta de respuesta por parte del Estado, ha tenido que ser un modesto pero muy grande club de fútbol, el Rayo Vallecano, quien haya movido ficha para hacerse cargo del pago del alquiler del piso donde vivirá a partir de ahora la mujer a la que han amargado sus últimos años de existencia. Esta triste historia tiene, al menos, una lectura positiva, la reacción de la sociedad civil ante la injusticia, de la PAH y del Rayo, frente a la impasibilidad del poder, parapetado detrás de una ley que permite estas actuaciones deleznables. Ahora el Ministerio de Economía y el Ayuntamiento de Madrid, tras el gran eco que ha tenido este desahucio, afirman que están buscando una solución. Están en ello, dicen. Siempre a remolque, actuando con un mero cálculo político.

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