«Debemos aprender de nuestro pasado», dijo el presidente Rajoy en el acto de entrega del Premio Fernández Latorre. De acuerdo, aprendamos de nuestro pasado, pero hagámoslo todos porque esto es precisamente lo que venimos reclamando una parte importante de la sociedad española sin que se nos preste mucha atención. El pasado es como un largo puente que nos transporta al ahora y que nos permite ver lo que han hecho las generaciones que nos precedieron. Decía Caryle que el presente es la viviente suma del pasado. Y ese puente y esa suma han de servirnos como guía de nuestra existencia. Pero, sobre todo, deben ser referencia para nuestras clases dirigentes. Para las mismas que usan el pasado como excusa.
Somos los ciudadanos, precisamente, los que miramos al pasado con frecuencia. Y con añoranza. Y vemos que la historia reciente de este país nos demuestra que ya vivimos años mejores. Mucho mejores y fácilmente recuperables a nada que se quiera. Somos los ciudadanos los que añoramos los tiempos en que reinaba el respeto institucional y la concordia, en los que quienes ejercían la política lo hacían por vocación y no por interés propio; los tiempos del respeto al ciudadano, cuando se combatían las desigualdades sin premiar a los poderosos. En definitiva, somos los ciudadanos los que recordamos los tiempos en los que el campo de juego estaba limpio porque no había interés por embarrarlo. Nadie puede rechazar el consejo del presidente Rajoy. Lo compartimos ciegamente. Lo que rechazamos es que se proclame y no se ponga en práctica. Porque son ellos, precisamente ellos, los que lo incumplen. No les interesa aprender del pasado.