PEn la frontera
ablo Iglesias nació con la Constitución. Como el 40 % de los españoles, ha vivido en una sociedad democrática fruto de una transición política que no fue tan modélica como sus protagonistas quieren creer, pero que tampoco es la causa de nuestros males, como dicen quienes la conocen solo desde los libros. España ha alumbrado a revolucionarios que, cegados por un espíritu adánico, han creído que el progreso se asienta sobre la ruptura con todo lo anterior. Así nos ha ido, de destrucción en destrucción, condenados a repetir una y otra vez los mismos errores. Podemos ha crecido impulsado por la corriente de profundo malestar con una crisis económica que nos ha empobrecido a la inmensa mayoría, una gestión de esa crisis que agranda la brecha de la desigualdad y una ola de corrupción que emponzoña moralmente la sociedad. Pero trazar una línea divisoria con el pasado y culpar de todo a quienes quedan al otro lado ni es razonable ni resuelve nada. Podemos ha llegado muy lejos habiendo hecho muy poco. Ahora le toca demostrar que tiene soluciones y capacidad para aplicarlas. Y deberá contrastarlas con la realidad, poderoso disolvente de los sueños. La ilusión mueve montañas, pero también provoca un vértigo que hace caer a gigantes. Ha llegado su hora. La sociedad entera los mira. En sus manos está confirmar la esperanza de unos o el recelo de sus detractores.