Desertores

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

En el Reino Unido todos los años florecen amapolas en las solapas. Rojo sangre. Es el homenaje a los caídos en la Gran Guerra. Sin embargo, no hay flores para 306 soldados británicos. Son los que fueron ejecutados por negarse a combatir en el frente. Los suyos hicieron memoria en Londres, en un acto reducido, discreto. Un gaitero. Un puñado de palabras. Y poco más. Aunque recibieron una especie de perdón oficial en el 2006, sus pecados siguen siendo la cobardía y la deserción. Pero The Guardian hace memoria con un irónico y amargo «no debemos recordar». Y recuerda a Herbert Morrison, el soldado más joven de su regimiento en la India, «un cobarde a sus 17 años». No olvida a Gertrude Farr, a la que dijeron en 1916 en la oficina de correos: «Nosotros no damos pensiones a viudas de cobardes». Ella tenía un niño de tres años y un bebé de cuatro meses. Su marido había sido herido y sufría fuertes temblores. Seguramente hoy le hubieran diagnosticado estrés postraumático. Dicen que, cuando ya estaba ante el pelotón de fusilamiento, no aceptó que le vendaran los ojos para poder mirar a sus verdugos. El diario británico se niega a pasar por alto que tampoco se salvó un soldado que había confesado que no era el mismo desde que había tenido que limpiar de su cara los trozos de cerebro de su mejor amigo. Corrió la misma suerte Peter Goggins, un minero de 22 años que se había alistado de forma voluntaria y que fue acusado de abandonar su puesto por retroceder después de que un sargento anunciara un «sálvese quien pueda» porque llegaban los alemanes. Todos fusilados. Enterrados bajo el silencio. No tuvieron amapolas. Solo guerra.