Hace veinticinco años que se desplomó, como un castillo de naipes ensangrentados, el Muro de Berlín. Caía el telón de acero, remataba la guerra fría y comenzaba la desintegración de la URSS. Soplaban aires de libertad y Occidente daba la bienvenida, con alborozo, a los oprimidos por los regímenes totalitarios del Este. Entre el estrépito del derrumbe pasó inadvertida otra noticia que se produjo ese mismo año de 1989: el economista John Williamson bautizaba con el nombre de «Consenso de Washington» los diez mandamientos del neoliberalismo. Un decálogo de medidas, apadrinado por el FMI y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, aplicables a economías azotadas por las crisis periódicas del capitalismo. Los países excomunistas constituyeron, sin duda, un perfecto banco de pruebas para esas políticas.
La socialdemocracia europea celebró con entusiasmo la caída del muro. La piqueta venía a confirmar sus tesis plenamente democráticas: era posible avanzar en libertad hacia una sociedad más justa y con un reparto de la riqueza más equitativo. Europa había vivido, desde la Segunda Guerra Mundial, una etapa de prosperidad sin precedentes. El Estado del bienestar desplegaba sus alas protectoras sobre las clases trabajadoras. Líderes europeos como el alemán Willy Brandt, el austríaco Bruno Kreisky o el sueco Olof Palme proclamaban el éxito de la economía social de mercado. Europa, a diferencia del mundo anglosajón, había conseguido limar las zarpas al capitalismo salvaje y dotarlo de rostro humano.
Sin embargo, la socialdemocracia quedó atrapada entre los cascotes del Muro de Berlín. «A los partidos socialdemócratas se les ha caído el muro encima», escribió el periodista Xavier Batalla. El modelo social europeo se sustentaba en un pacto implícito: unos renunciaban al beneficio obsceno, otros renunciaban a la revolución. El miedo que sostenía ese acuerdo se esfumó por ensalmo aquella fría noche de Berlín, desapareció la amenaza soviética y el credo neoliberal se propagó por todo el orbe. Asistimos ahora a la demolición de aquel modelo social, mientras la socialdemocracia -la izquierda en general- peregrina en busca de su identidad. Una identidad desdibujada desde que abrazó la fe en el mercado sin cortapisas y aceptó un principio básico de la ideología dominante: solo el mercado -el liberalismo- crea riqueza, aunque tal vez, en épocas de vacas gordas, el Estado -la socialdemocracia- la distribuye con mayor equidad. Por tanto, su concurso no resulta necesario en épocas de crisis.
Mientras tanto, de acuerdo con los planos consensuados en Washington, sigue elevándose el muro que separa las dos Españas de hoy. De un lado, cinco millones de ciudadanos en exclusión severa, más de 700.000 hogares donde no entra un céntimo, más de la mitad de los jóvenes sin trabajo. Del otro, privilegiados y millonarios, cuyo número creció un 24 % en el último año. El muro de la desigualdad social: el que más creció en toda Europa durante esta crisis. No es de extrañar que millones de ciudadanos busquen, afanosamente, una piqueta política para derribarlo.