Borroso


No me hagan mucho caso. Dice un amigo muy listo que mis artículos están bien si no hablo de política y voy a hablar de política. Me faltan claves, seguro, y herramientas de análisis suficientes, pero mi impresión de lo que ha ocurrido en la última encuesta del CIS se aparta bastante de los comentarios al uso y, por si tiene algo de verdad, me atrevo a compartirla. En primer lugar, y aunque se considere raro, pienso que la caída en intención de voto del PP no arranca tanto de la corrupción como de la retirada de la ley del aborto. De hecho, las encuestas de diversos medios y en varias comunidades autónomas mostraron inmediatamente un descenso en picado del apoyo al PP en cuanto se anunció la decisión de Rajoy, mucho antes de que se agravaran los problemas de corrupción.

Están a tiempo de enmendarse, pero como resulta complicado, prefieren continuar en manos de los hechiceros de la política y empezar a gritar a los cuatro vientos: «¡Que viene el lobo!», de modo que esos votantes que les castigan en las encuestas terminen votándoles de nuevo en las urnas, aunque solo sea porque no les queda otro remedio. Por eso habrán observado que los portavoces de Podemos no parecen muy felices con los datos del CIS e insisten en que hay mucho voto oculto del PP y en que hoy volvería a ganar. Quizá lo digan solo por prudencia: expectativas desmesuradas podrían convertir en derrota un buen resultado. Pero probablemente lo creen.

El PP ha jugado con fuego: el de su propia identidad. Y al final, puede terminar abrasado. Corre el riesgo de no recuperar a esos electores y, con tiempo, el de que alguien ocupe el hueco del difuso humanismo que antes más o menos representaba.

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