Valor y precio


Camina en chanclas despreocupado entre leyendas del deporte. Acaba de cumplir con la tarea de llevar la ropa sucia a lavar y, antes de la charla de Aíto García Reneses, aparca durante un rato su ordenador portátil. Se sienta sobre el césped de la villa olímpica de Pekín y Ricky Rubio explica su forma de ver el baloncesto: «El ataque puede salir bien o mal, pero en defensa siempre tienes que estar ahí. La defensa es el reflejo de las ganas que pones al jugar». Habla un chaval de 17 años, uno de los bebés de los Juegos del 2008, todavía un meritorio en esa especie de hermandad, al estilo de los universitarios americanos, que controlan los capos del vestuario español. Cuatro años después, todavía enredado en la recuperación de la maldita lesión de rodilla que fastidió su primera temporada en la NBA, mantiene intacta una ilusión que le lleva a Londres incluso pese a no estar entre los elegidos para jugar. Todo lo que puede hacer es acercarse al O2 Arena al final de los últimos partidos, escuchar un rato a los suyos y desearles suerte. A Río 2016 llegará con cartel de estrella de la mejor liga del mundo gracias a esas manos rápidas e invisibles, unos dedos de tahúr para robar balones y una visión espacial que le permite anticipar el juego en su campo visual antes de que suceda.

El chaval que cogía el tren de cercanías, se detenía en la parada de Gorg y completaba unos pasos hasta el Pabellón Olímpico de Badalona para entrenar cuando era un adolescente, ya es el jugador franquicia de los Minnesota Timberwolves. Aunque solo tenga 24 años. Su sueldo de 44 millones de euros por cuatro años ilustra la diferencia entre valor y precio. En la bolsa del baloncesto profesional no se cotiza tanto por su cuenta de resultados hasta ahora como por más por las expectativas que genera. Le sobran años para ir añadiendo ingredientes al baloncesto que cocina cada tarde. Porque Rubio asume que en su nuevo rol tiene que ser más egoísta, más protagonista, más tirador, más fuerte. Aunque su espíritu altruista en la cancha ejemplifica que las estadísticas cuentan tan solo una verdad a medias.

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