Queda lo peor


Los expertos constatan dos hechos fundamentales en relación con la epidemia del virus del ébola. Primero, que la enfermedad está fuera de control en África occidental (hasta 10.000 nuevas víctimas por semana pueden producirse en diciembre) y, segundo, que es muy poco previsible que, más allá de casos aislados, aparezcan brotes de importancia en los países más avanzados.

Sin embargo, un impacto menor desde el punto de vista epidemiológico no deja de ser trascendente, ni social, ni política ni económicamente, como hemos experimentado estas últimas semanas. Cierto que la alarma social puede combatirse con información, pero el coste de levantar y dotar las infraestructuras necesarias, de atender a los -pocos- casos y seguir (y, si procede, aislar) a los contactos no es pequeño. Lo suficiente para estresar aún más a un sistema sanitario ya sometido a fuertes tensiones presupuestarias.

Por si no fuesen suficientes las razones humanitarias (que deberían serlo) existen, a costa de parecer insensibles y solo interesados, riesgos económicos que evitar. Se necesita un importante esfuerzo financiero para contener el virus allí donde su avance explosivo remeda en cierto sentido las grandes plagas de la Edad Media. En estos momentos, la tasa a la que un enfermo contagia a otros varía, según los sitios, de 1,5 a 2,2. La epidemia no estará bajo control hasta que esta cifra sea inferior a 1, una meta ambiciosa y difícil de alcanzar a corto plazo. Esta tasa depende, en primer lugar, de la biología del virus y, a la vista de su capacidad de mutar al saltar de un enfermo a otro, es verosímil estimar que un proceso muy acelerado de selección natural producirá cepas menos letales (aunque en todo caso mortíferas) y más contagiosas.

El entorno físico donde se ha cebado la enfermedad y los comportamientos y actitudes sociales inciden también en la propagación, y parece claro que estas circunstancias han tenido un papel muy negativo en aquella región africana. Se están haciendo enormes esfuerzos (información y aislamiento de los casos) por contrarrestar estos factores y romper la cadena de contagio, pero no es suficiente. Los modelos sugieren que al menos un 70 % de los enfermos deben aislarse para poder controlar la epidemia. Al ritmo de expansión actual ello implica decenas de miles de camas, una inversión que sumada al gasto corriente supondría, según la OMS, entre mil y dos mil millones de dólares al mes.

Habrá que invertir con rapidez. Pero a la vez es crítico dedicar recursos a desarrollar diagnósticos rápidos que impliquen aislamiento precoz. También a producir vacunas y antivirales específicos, una imperdonable carencia a día de hoy y que es fruto combinado del desinterés por la región y la ausencia de mecanismos de financiación que no dependan exclusivamente del mercado. La gravedad de la crisis está actuando como revulsivo. En el 2015 estarán disponibles las primeras vacunas. Se desconoce cuál será su efectividad real (previniendo y curando), pero su concurso será vital para contener la epidemia.

Enrique Castellón es médico y economista.

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