El rey don Sancho cae malherido a manos de Vellido Dolfos, «cuatro traiciones ha hecho, el hijo de Dolfos Vellido, y con esta serán cinco». Don Gaiferos soborna a un guardia moro con tres pesantes de oro para que le abra la puerta de la ciudad y le deje escapar. La escena acaba peor. No hay que llegar al Siglo de Oro de la literatura española y a la guinda del género de la picaresca para leer desmanes, traiciones, sobornos... Ya en la Edad Media se puede componer un centón de romances de la corrupción. Claro está que, como está sucediendo hoy en día, siempre se puede elegir cara o cruz. Bebiendo de los romances también encontramos quienes mojaron su pluma en virtudes como la constancia, tan ajenas a la maldita hoja de ruta de estos filibusteros de lo público. «Mis arreos son mis armas, mi descanso es pelear. Mi cama las duras peñas, mi dormir siempre velar». No todos los políticos son corruptos. Ni todos los corruptos son políticos. Subrayen esta segunda frase. Es importante para salir del pantano en el que estamos. Oigo decir que «las comisiones son como las cerezas, todo es empezar. Coges una y detrás viene otra». Bien se podría escribir un romance contemporáneo sobre el camino más corto que han elegido demasiados, por el que vuelan los coches de alta gama, ese territorio de podredumbre en el que el honor está pisoteado. Y quien osa pisar el honor y vender en almoneda la palabra, podrá tener los bolsillos llenos, pero su corazón será odre vacío.