En la edición de fin de semana del Wall Street Journal se preguntaban qué dirá Obama el 5 de noviembre. El día después de que se consume la previsible derrota. Los republicanos, que ya mandan en la Cámara de Representantes, están a seis senadores de alzarse con la mayoría también en el Senado. Es posible, aunque son unas elecciones locales donde el cuerpo a cuerpo es fundamental, que el elefante conservador alce su trompa en la colina. Y con un Congreso tomado, poco podrá hacer un presidente pato cojo en su último mandato. De la ilusión del 2008, recuerdan el «Yes we can» y la puerta de Brandemburgo, a la que puede ser la despedida más triste de un presidente de los Estados Unidos. Olvídense del disparate del premio Nobel de la Paz. Sus compañeros de partido no le llaman ni para los mítines. Prefieren a Michelle. Cuentan las crónicas que, en un mitin al que sí fue Obama, a pesar de que en el auditorio había mayoría negra, estos le dieron la espalda cuando salió Obama, como hace la afición en un estadio cuando está cabreada con sus jugadores, y se marcharon antes de que terminase quien otrora tenía el verbo mágico. Aunque la economía respira, dos son los miedos que lastran al presidente en el final de su mandato (y no hay peor epidemia que el miedo): el Estado Islámico y el ébola. Lo que le faltaba a un Obama que tomó el poder en el 2008 como un superhéroe y que lo dejará, si no hay milagro, por la puerta de atrás. No se puede prometer el cielo, porque luego lo quieren y encima pintado de azul.