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España se ha convertido en un circo de varias pistas que amenaza con agotar la capacidad de asombro de cualquiera. El sistema se devora a sí mismo y escupe los bocados a la cara de todos. En el 2007, los agentes que registraron la casa de Isabel Pantoja en Marbella encontraron 9.500 euros en efectivo. Para el panadero y la bombona de butano, bromeaban algunos entonces. Sin exculpar a la tonadillera, la cifra se antoja ahora modesta. Amargamente modesta para las que llegaron después. El listón de la rapiña está mucho más alto siete años más tarde. La Guardia Civil se incauta de 240.000 euros en billetes en la operación Púnica y parece poco al lado de esos ríos de millones que desembocaron en cuentas suizas. Y, en paralelo, al gobierno local de Sevilla no le parece mucho multar con 750 euros a los que buscan en contenedores de basura. Los vendedores de la austeridad chapoteando en la desmesura por arriba y por abajo. Después llegan las disculpas en el Senado, los expedientes, las suspensiones de militancia, la petición de monográficos de corrupción en el Congreso... Tiritas populares y socialistas para contener una hemorragia masiva. Un «no lo sé», otro «no me consta» y a seguir pastando en el presupuesto, que diría Galdós. Los que han pagado muy caro la crisis se preguntan por qué a otros les sale tan barato el saqueo. Ya no alivian los paños calientes. Los grandes partidos, encantados en su turnismo, no se han regenerado. Más que refundar, han refundido. Se empeñan en ignorar la ecuación de la indignación. Hay millones de votantes que creen que no tienen nada que perder. Jóvenes desempleados y parados de larga duración a los que no les impresiona la voladura del sistema. Porque ya están fuera. Espectadores en el gallinero de este circo.

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