¡Es la corrupción, estúpidos!


La corrupción ha sido durante años en la política española un ejemplo casi perfecto de juego de suma cero, al que los partidos se enfrentaban como quien lo hace a un buen negocio: en la esfera que fuera (estatal, autonómica o local) los libres de culpa se lanzaban como fieras sobre los metidos en cualquier trapacería con la seguridad de obtener un beneficio electoral equivalente al perjuicio que sufría el implicado en el escándalo. Y así, como en la ruleta, la bola repartía premios y castigos.

Con una ceguera inmoral e irresponsable, los partidos siguen, increíblemente, empeñados en aplicar frente a la corrupción que nos ahoga esa receta del pasado: mientras el partido afectado por cada nueva sinvergonzonería se preocupa solo de quitársela de encima como sea, los potenciales beneficiarios se lanzan sobre él con la ilusión de obtener el botín de votos que pierden los piratas acosados por la policía, la prensa y la Justicia.

Pero, como era de esperar, ese juego ha hecho aguas ante la creciente convicción social de que el grado de implicación de nuestros partidos en la corrupción no depende de su ideología, sino de la cuota y el tiempo de su disfrute del poder: a más cuota y más tiempo, más posibilidades de corrupción. De esa convicción, arraigada ya con la fuerza de un prejuicio popular, deriva, entre otras, una terrible consecuencia: la confianza en que los problemas de la corrupción se arreglarán echando al partido corrupto y colocando a otro partido en su lugar desciende sin parar.

Y es ahí, precisamente, donde aparece Podemos, que, como no ha mandado nunca en sitio alguno, puede vender como verosímil una utopía típicamente autoritaria: la del hombre nuevo e incorruptible. Los partidos que consideran que la emergencia de Podemos es la causa de sus males, no entienden la verdad reiterada por el doctor Pangloss en Cándido, el delicioso cuento de Voltaire: que no existe efecto sin su causa. Podemos no es la causa de que el PSOE o el PP pierdan votos a favor de un partido cuyo disparatado programa cabe en medio folio: no, Podemos es la consecuencia del hartazgo con los males del Estado de partidos y con lo que ya millones de españoles no soportan: la corrupción.

Por eso, parafraseando aquel eslogan que ayudó a Clinton a ganar la presidenciales de 1992 («It?s the economy, stupid») hay que enfrentar a nuestros partidos con la dura realidad: es la corrupción, estúpidos. Y porque lo es, ya no se trata de jugar con ella para ganar votos del contrario: o se le pone coto de una vez o la corrupción se llevará por delante nuestro sistema de partidos, base esencial de cualquier sistema democrático.

Podemos está ahí para recordarnos, día tras día, el grave riesgo que hoy corre este país: que, a hombros de la corrupción, los de Iglesias puedan llegar al Gobierno nacional.

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