¿Por qué se han abierto las cloacas?


La sucesión de escándalos en vísperas de ciclos electorales como el que viene (municipales, autonómicas, generales y probablemente catalanas plebiscitarias antes, durante o después) es tan vieja como la democracia. Y hasta ahora siempre había venido motivada por una guerra sucia en las cloacas de los partidos para castigar al rival o, mucho más habitual, para dirimir pugnas internas en operaciones de fuego amigo.

En cambio, lo que está ocurriendo ahora no tiene precedentes. Recuerda vagamente al enfangado final del felipismo, pero en aquel escenario era muy fácil reconocer las piezas, las causas y el objetivo final. ¿Qué está ocurriendo ahora? ¿Por qué se ha desencadenado esta tormenta perfecta, en la que cada lunes nos desayunamos con un culebrón que supera en desvergüenza al anterior, causando la mayor quiebra moral de la historia reciente, que nos lleva camino de una España a la italiana o a la argentina en la que no se ve el techo de votos a Podemos?

Estamos hablando de casos que vienen de lejos. Estos señores no son unos facinerosos que ayer por la mañana decidieron atracar una gasolinera. La mayor parte de las tramas se cocieron en las estructuras de poder generadas a raíz de la derrota del felipismo y la llegada al poder de Aznar (Blesa, Rato, el asunto Gürtel y lo que parece Gürtel 2...). En otros casos, Pujol, Chaves en Andalucía, el SOMA en Asturias, de mucho más atrás, incluso del franquismo y la clandestinidad. Nada nuevo, nada sorprendente. Lo sorprendente es que ahora se pueda demostrar y que nos lo cuenten, todo junto.

Hay hechos objetivos que ayudan a que todo salga a la luz. El principal, los cambios en la regulación que han ido minando el fortín suizo, y con los que los técnicos de Hacienda, con el caramelo de la amnistía fiscal de Montoro, han encontrado una mina. Otra razón es que el Ministerio de Economía, propietario a través del FROB de la mitad de los bancos del país, ha decidido hacer los deberes que antes no había hecho el Banco de España.

Pero suena demasiado bonito pensar que esta voladura descontrolada del sistema bipartidista se esté produciendo desde el Gobierno, en un honorable gesto de limpieza y transparencia. El PP podría haber tenido esa tentación hace meses, siguiendo la doctrina Arriola, según la cual cuanto peor mejor, porque mejor le irá a Podemos y peor al PSOE. Pero hace semanas que debe haberse dado cuenta de que esto se lleva por delante todas las organizaciones y estructuras de poder etiquetadas dentro de la casta.

Descartemos que Pablo Iglesias y Monedero estén ya al frente de Justicia e Interior y no nos hayamos enterado. Admitamos que algo de fuego amigo debe de seguir habiendo. No parece, por ejemplo, que vaya a durar mucho más el debate sobre el regreso a la política de Esperanza Aguirre. Pero todos estos elementos por sí solos no explican este remedo de la Tangentopolis italiana de los noventa.

Quizás todo está saliendo a la luz porque ya nadie lo puede ocultar. Quizás las tradicionales alcantarillas de los dos grandes partidos estén perdiendo el poder que tenían. Quienes trabajan en estas operaciones son guardias civiles, inspectores de Hacienda, jueces, fiscales... Funcionarios, a fin de cuentas, con los sueldos recortados y la vida empobrecida, y que quizás detestan más a la casta que Pablo Iglesias.

El fin del poder, como ha teorizado el pensador Moisés Naím. El poder cada vez es más fácil de alcanzar, más difícil de gestionar y más fácil de perder. Y todo a una velocidad desconocida. Cuando hace un año Naím presentó su libro en Madrid, el rey Juan Carlos, Rubalcaba, Pujol, Rato, Ana Botella, Gallardón, Rouco, Lendoiro, Currás y muchos otros poderosos aún ocupaban su sillón. Y Pablo Iglesias presentaba un programa en una televisión de Vallecas.

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