Se nos cayó el mito


La de ayer es una decepción difícilmente superable. Entre todos los rufianes que descubrimos que dedican su jornada laboral al trilerismo y al trinque de los dineros públicos, el que más sorprende es Francisco Granados. Uno espera cualquier cosa de casi todo el mundo, pero de un hombre de bien; de un estandarte de la decencia como él, jamás se espera.

Va a ser difícil que los que aplaudimos, disfrutamos y nos identificamos profundamente con Paco Granados superemos la depresión en la que entramos tras su detención. Porque fue faro y guía de nuestras vidas. Granados no fue un Bárcenas cualquiera; era la manzana sana en una cesta llena de políticos corruptos. La lideresa Aguirre, tan perspicaz ella para rodearse de honestos gestores, lo situó a su vera en lugar privilegiado. Ejerció el mando en la Justicia madrileña y su imparcialidad le llevó a liderar la comisión que investigó el tamayazo y que acabó como acabó.

Pero somos mayoría aplastante los españoles que hoy recordamos con añoranza y agradecimiento las muchas lecciones de civismo, moral, decencia, integridad, pureza y no sé cuantas cosas más, que nos impartió desde todas las pantallas de plasma, alzándose en azote de desleales, antipatriotas y críticos. Granados fue durante años nuestro líder ideológico. Aquel que decía lo que los otros no se atrevían. El que fustigó a socialistas, comunistas, podemistas, nacionalistas y pujolistas. Y en él confiamos ciegamente. «De todos los hechos culpables, ninguno tan grande como el de aquellos que, cuando más nos están engañando, más tratan de aparentar bondad». Lo dejó escrito Cicerón. Y eso que tuvo la fortuna de no llegar a conocer a Francisco Granados.

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