La escuela concertada


No tengo ningún reparo en confesar mi pecado: trabajo en la educación concertada. Del mismo modo que también manifiesto públicamente mi hartazgo -y el de cuantos trabajamos en este sector- por los discursos maniqueos que asoman recurrentemente a los labios de los portavoces de BNG, AGE y PSOE, cómo en el último debate sobre el estado de la autonomía. Y no digamos ya de las mentiras que se sueltan sin sonrojo alguno, como cuando se afirma que la educación concertada es destino solo de quienes pueden permitírsela o que expulsa a los alumnos con mayores dificultades, (¿saben ustedes cuáles son los colegios con más alumnos con necesidades educativas especiales de toda Galicia? Pregunten, pregunten?). La escuela concertada no solo ha escrito una de las páginas más importantes de la historia de la educación en este país (en lo pedagógico y en lo social), también desarrolla en la actualidad una ingente labor, ampliamente multiplicada en estos años de dura crisis económica.

Pero es que, además, el artículo 27 de la Constitución avala su existencia. No estamos ante el privilegio de nadie, sino ante un derecho. Solo desde un planteamiento estatalista, cerril y opuesto al pluralismo cabe entender esos discursos. Lejos de buscar un gran pacto de Estado en esta materia, algunos pretenden abonar una confrontación que en la ciudadanía no existe, como lo evidencia la alta demanda de plazas en centros concertados.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
55 votos

La escuela concertada