Sensaciones de fracaso


El escritor Arturo Pérez Reverte, con su habitual desparpajo de tono provocador, ha dicho que «España es una continua aventura fracasada». Otro escritor, Lorenzo Silva, afirmó que «el soberanismo es un gran fracaso compartido entre España y Cataluña». La oficina europea de estadística Eurostat sitúa a España a la cabeza de la UE en fracaso escolar. Etcétera. Creo que contabilizar el fracaso de «la Roja» en el último mundial de fútbol sería ya masoquismo. No es necesario refocilarse con tanta fruición en el lodazal.

Lo asombroso es que, ante esas sensaciones negativas, no cunda el entusiasmo de la reacción, sino la indolencia de los débiles, quejicas y abandonistas. Nuestros fracasos, en caso de ser tantos, son también oportunidades de empezar a hacer las cosas de otra manera, es decir, sacando provecho de la experiencia cosechada. Cada fracaso puede convertirse en un paso en la buena dirección si somos capaces de aprender, de fortalecernos y de superarnos. Porque es ya sabido que quienes renuncian son siempre más numerosos que los que fracasan, pero casi nunca tienen una segunda oportunidad.

No quiero llegar al extremo de hacer un canto de nuestros fracasos, porque eso estaría fuera de lugar. Pero sí quiero romper una lanza -tan grande como pueda- contra esa manía de autoflagelarnos con un estúpido fatalismo histórico para el que no encuentro explicación. Y no la encuentro quizá porque a mí me gusta la historia de España, con sus líos de vascos y catalanes y gallegos y andaluces y todos los demás, es decir, con sus diferencias, que bien cantó Miguel Hernández, poeta corajudo y valeroso.

Nunca hemos sido derrotados indignamente, y nunca definitivamente. A veces nos hemos acribillado entre nosotros y nos hemos desangrado fratricidamente, pero hemos sabido volver a amarnos y a plantar cara, unidos, ante el mundo. Tenemos una identidad plural, conflictiva si se quiere, pero cada una de esas partes nos define y nos redime.

Por ello, no soporto esos fatalismos y desapegos que se tiñen de intelectualidad para obtener reconocimiento por su escepticismo, su desconfianza, su estar de vuelta. La realidad es que aquí nadie está de vuelta. Seguimos estando de ida. Y para bien, confío.

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